Andrea Mantegna – Bacchanalia with a Wine Vat (1470)
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La técnica de grabado es notable por su detallada representación anatómica y la expresividad de las figuras. Se aprecia un estudio minucioso del cuerpo humano, con énfasis en la musculatura y los pliegues de la piel, que sugieren tanto vigor como vulnerabilidad. La iluminación, aunque uniforme, resalta ciertos detalles: el brillo húmedo sobre la piel, la textura rugosa de las hojas de parra, la caída desordenada de la ropa.
El artista ha distribuido a los personajes en una variedad de poses y actitudes. Algunos se inclinan hacia adelante, con gestos exagerados que denotan embriaguez; otros parecen dormitar o desplomarse sobre el recipiente, vencidos por el alcohol. Una figura central, sentada sobre el borde del tonel, parece ser la personificación del dios Baco, aunque su expresión es más de resignación que de júbilo. A sus pies, un niño pequeño yace en el suelo, posiblemente víctima del exceso o simplemente abandonado a su suerte.
Más allá de la mera representación de una fiesta, la obra sugiere subtextos relacionados con los límites del control humano, la naturaleza cíclica de la decadencia y la dualidad entre la razón y el instinto. La exuberancia física contrasta con la degradación moral que se infiere de las acciones de los personajes. El recipiente de vino, símbolo de placer y liberación, también puede interpretarse como una fuente de perdición y descontrol. La presencia del niño añade una nota de melancolía y vulnerabilidad a la escena, sugiriendo las consecuencias inevitables del exceso.
El uso de la parra, con sus racimos de uvas maduras, refuerza el tema central del vino y su influencia sobre los participantes. La disposición de las figuras, aunque caótica en apariencia, sigue una estructura compositiva que dirige la mirada del espectador a través de la escena, creando una sensación de movimiento y dinamismo. En definitiva, se trata de un grabado que invita a la reflexión sobre la naturaleza humana y sus contradicciones.