Edmund Bristow – The Rat Trap
Ubicación: Yale Center for British Art, Paul Mellon Collection, New Haven.
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A su izquierda, otro niño, vestido con un gorro rojo, sostiene en sus brazos un gato negro. La mirada de este niño es curiosa, casi expectante, como si anticipara el resultado de la acción del primero. Un tercer niño, sentado sobre lo que parecen ser recipientes o botellas, observa la escena con una expresión más contenida, mientras acaricia a un perro blanco que se encuentra cerca.
El entorno contribuye a crear una atmósfera de sencillez y pobreza. La construcción al fondo, cubierta de paja y con una chimenea visible, sugiere una vivienda rural modesta. El terreno es irregular y pedregoso, lo que refuerza la sensación de un lugar apartado y despojado. La vegetación, aunque presente, se muestra descuidada y sin adornos.
En cuanto a los subtextos, la pintura plantea interrogantes sobre la infancia, el juego y las consecuencias de las acciones. La trampa para ratas puede interpretarse como una metáfora de los peligros ocultos o de las trampas que la vida presenta. El gato negro, tradicionalmente asociado con la superstición y la mala suerte, añade un elemento de misterio a la escena. La interacción entre los niños sugiere una dinámica de grupo compleja, donde la curiosidad, el riesgo y la responsabilidad se entrelazan. La presencia del perro, símbolo de lealtad y compañía, podría representar un contrapunto a la incertidumbre que emana de la trampa.
El uso de la luz es significativo; ilumina principalmente a los niños, destacándolos sobre el fondo más oscuro y difuso. Esto enfatiza su importancia como protagonistas de la escena y dirige la atención del espectador hacia sus expresiones y gestos. La paleta de colores es terrosa y apagada, con toques de rojo en el gorro del niño y blanco en el perro, que aportan contraste y vitalidad a la composición. En definitiva, se trata de una pintura que invita a la reflexión sobre temas universales como la inocencia, la curiosidad y las consecuencias imprevistas.