Part 3 Louvre – Nicolas Poussin -- Bacchanal with the Guitar Player (The Great Bacchanal)
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El primer plano está dominado por dos mujeres: una toca la guitarra con gesto concentrado, mientras que la otra, recostada sobre un hombre musculoso, parece contemplar el ambiente con expresión soñadora. La luz incide de manera desigual sobre sus cuerpos, resaltando la tersura de la piel y los pliegues de las telas que les cubren parcialmente. El hombre a su lado, de complexión atlética, se inclina hacia ella en una pose que sugiere intimidad y protección.
Más allá de este núcleo central, el resto del grupo participa en un frenesí de actividad: algunos duermen plácidamente sobre la hierba, otros beben de cántaros o se ofrecen frutas, mientras que uno, situado en un punto ligeramente elevado, parece dirigir la celebración con una expresión de júbilo. La disposición de las figuras es dinámica y asimétrica, creando una sensación de movimiento y espontaneidad.
El paisaje que sirve de telón de fondo contribuye a la atmósfera general de opulencia y libertad. La vegetación es densa y exuberante, salpicada por rocas y árboles centenarios. El cielo, con sus nubes algodonosas, sugiere una tarde soleada y apacible. La perspectiva se pierde en la distancia, insinuando un horizonte lejano y misterioso.
Subyacentemente, esta representación trasciende la mera descripción de una fiesta campestre. La desnudez de las figuras, el abandono a los placeres terrenales, y la atmósfera general de desenfreno sugieren una alusión a los mitos paganos, específicamente a los bacanales o festivales en honor a Dionisio, dios del vino y la fertilidad. La música, encarnada por la guitarra, parece ser el catalizador de esta celebración, un vehículo para liberar las pasiones y trascender las limitaciones sociales.
No obstante, también se percibe una cierta melancolía subyacente en la escena. La expresión contemplativa de una de las mujeres, la quietud de los que duermen, y la luz crepuscular que baña el paisaje sugieren una conciencia implícita de la fugacidad del placer y la inevitabilidad del tiempo. La pintura, por tanto, no es simplemente una celebración de la alegría desenfrenada, sino una reflexión sobre la naturaleza humana, sus deseos, sus limitaciones y su relación con el mundo que le rodea. La composición invita a considerar la dualidad inherente al goce: su capacidad para elevar y, a la vez, para desilusionar.