Eyvind Earle – Two Wild Horses
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El fondo de la obra está dominado por un intrincado entramado floral en tonos rojos, rosas y amarillos, que recuerda a los motivos decorativos presentes en el arte popular oriental. Esta exuberancia ornamental contrasta con la simplicidad de las figuras principales, creando una tensión visual interesante. La repetición de formas florales genera una sensación de movimiento circular, como si la escena estuviera inmersa en un flujo constante.
La ausencia de un horizonte definido y la bidimensionalidad del espacio contribuyen a una atmósfera onírica y simbólica. No se trata de una representación realista, sino más bien de una alegoría visual. Los caballos podrían interpretarse como arquetipos: el negro representando la sombra, lo desconocido, o incluso la fuerza instintiva; el blanco simbolizando la luz, la pureza, o quizás la esperanza. Su proximidad, sin contacto físico directo, invita a reflexionar sobre la dualidad inherente a la existencia y la relación entre opuestos complementarios.
El uso del negro como color predominante en uno de los equinos podría aludir a temas de misterio, poder oculto o incluso duelo. La blancura del otro caballo, por su parte, evoca sentimientos de paz, inocencia y trascendencia. El fondo floral, con su vibrante colorido, puede interpretarse como una representación de la vida misma, en toda su complejidad y belleza, sirviendo de escenario para este encuentro simbólico entre las dos figuras principales. La composición global sugiere un equilibrio precario entre fuerzas opuestas, invitando a la contemplación sobre la naturaleza humana y el universo que nos rodea.