Godofredo Ortega Munoz – #33225
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El uso del color es deliberadamente plano y no naturalista. Los tonos ocres, marrones, verdes y amarillos se aplican en amplias áreas, creando bloques de color que definen los diferentes planos del paisaje: campos arados, laderas montañosas, una zona más verdejosa donde se asienta una pequeña construcción. La ausencia de degradaciones sutiles acentúa la sensación de artificialidad y esquematización.
Las montañas, representadas como formas cúbicas superpuestas, dominan el horizonte, sugiriendo una cierta monumentalidad y permanencia. La carretera, por su parte, actúa como un elemento conductor que guía la mirada del espectador a través del cuadro, invitándolo a explorar los diferentes niveles del terreno.
La pequeña casa situada en la zona verdejosa parece integrada al paisaje, pero también se percibe como un punto de referencia humano dentro de esta escena desolada y estilizada. No hay figuras humanas presentes; el énfasis recae en la representación del espacio físico y su organización geométrica.
Subtextualmente, la obra podría interpretarse como una reflexión sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, o sobre la transformación del paisaje rural a través de la intervención humana. La simplificación formal y la despersonalización sugieren una cierta distancia emocional, invitando a la contemplación más que a la identificación directa con el entorno representado. La carretera, símbolo de progreso y conexión, se presenta aquí como un elemento artificial que atraviesa un espacio natural, pero también lo fragmenta y lo organiza según una lógica ajena a su propia dinámica. La ausencia de detalles realistas contribuye a crear una atmósfera de atemporalidad y universalidad.