Godofredo Ortega Munoz – #33242
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El terreno se extiende detrás de los árboles, representado mediante una serie de ondulaciones horizontales en tonos terrosos: ocres, marrones y amarillos deslavados. Esta repetición de formas crea una sensación de vastedad y uniformidad, casi como si el paisaje fuera un tapiz extendido. En la lejanía, se vislumbra una línea de árboles más pequeños, difuminados por la distancia y la atmósfera. El cielo, pintado con pinceladas rápidas en tonos azulados y grises, aporta una nota de serenidad al conjunto, aunque su presencia es discreta.
La composición se caracteriza por una rigidez geométrica que contrasta con la naturaleza orgánica del tema representado. La horizontalidad imperante, acentuada por el horizonte bajo y la repetición de las ondulaciones terrestres, genera una sensación de estabilidad y quietud. No obstante, la pincelada enérgica y los contrastes tonales introducen un elemento de tensión que impide que la escena resulte completamente estática.
Subtextualmente, esta pintura podría interpretarse como una reflexión sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, o sobre la memoria y el arraigo a un lugar específico. La simplificación de las formas y la reducción cromática sugieren una búsqueda de lo esencial, una destilación de la experiencia rural hasta sus elementos más básicos. Los árboles, símbolos tradicionales de vida y resistencia, se erigen como testigos silenciosos del paso del tiempo, mientras que el paisaje ondulado evoca la persistencia de la tierra a pesar de las transformaciones. La atmósfera general transmite una sensación de melancolía y nostalgia, como si el autor estuviera evocando un mundo perdido o idealizado. El uso deliberado de colores apagados refuerza esta impresión de atemporalidad y distancia emocional.