Godofredo Ortega Munoz – #33232
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Tras este campo, el terreno asciende suavemente hacia una zona de vegetación más densa. Aquí, se distinguen árboles alineados en filas regulares, lo que sugiere un olivar o cultivo similar organizado con precisión. La repetición de estas formas arbóreas genera un ritmo visual constante y una sensación de orden artificial impuesto sobre la naturaleza.
El fondo del cuadro está dominado por una colina difusa, representada con tonos terrosos y una pincelada más suave que diluye los contornos. Esta lejanía contribuye a crear una atmósfera de quietud y contemplación. La franja superior, casi negra, actúa como un marco que acentúa la horizontalidad del paisaje y concentra la atención en el espacio representado.
La ausencia de figuras humanas o animales refuerza la impresión de soledad y desolación. No obstante, esta falta de elementos narrativos explícitos invita a una interpretación más introspectiva. El artista parece interesado no tanto en reproducir fielmente un lugar concreto, sino en transmitir una sensación de arraigo a la tierra, una conexión profunda con el entorno rural que evoca recuerdos y emociones asociadas al trabajo agrícola y a la vida sencilla.
La simplificación formal y la reducción cromática sugieren una búsqueda de lo esencial, una destilación de la experiencia visual hasta llegar a sus elementos más puros. Podría interpretarse como una reflexión sobre la identidad cultural ligada al paisaje, o incluso como una metáfora del paso del tiempo y la persistencia de las tradiciones en un mundo cambiante. La regularidad de los olivos contrasta con la textura irregular del campo, creando una tensión visual que invita a considerar la relación entre el hombre y la naturaleza, entre lo cultivado y lo salvaje.