Johann George Gmelin – Blick auf Amalfi im Golf von Sorrent
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En primer plano, el terreno asciende abruptamente, modelado por formas irregulares y cubierto de vegetación rústica. Una espesa masa arbórea, ubicada en el extremo derecho, se alza como un elemento vertical que contrasta con la horizontalidad del paisaje. Sus ramas, delicadamente delineadas, parecen extenderse hacia el espectador, creando una sensación de cercanía y conexión con la naturaleza.
El autor ha dispuesto un pequeño grupo humano a lo largo de la línea costera inferior. Estas figuras, diminutas en comparación con la grandiosidad del entorno, sugieren la presencia humana como parte integral, aunque insignificante, de este vasto escenario natural. Se percibe una escena cotidiana: quizás viajeros o campesinos que descansan al borde del camino.
Más allá, se aprecia un asentamiento humano, una población anclada a la ladera montañosa. Sus edificios, representados con cierta idealización, parecen integrarse armónicamente con el paisaje circundante. La disposición de las construcciones, escalonadas sobre la pendiente, enfatiza la adaptación del hombre al terreno accidentado.
El fondo se cierra con una imponente cadena montañosa que se eleva hacia el cielo. Estas montañas, envueltas en una atmósfera nebulosa, sugieren una lejanía inalcanzable y un misterio latente. La luz tenue que las baña contribuye a crear una sensación de profundidad y perspectiva.
La paleta cromática es suave y delicada, dominada por tonos terrosos, verdes apagados y azules pálidos. Esta elección de colores refuerza la atmósfera serena y contemplativa de la obra. El tratamiento de la luz, difusa y uniforme, contribuye a crear una sensación de calma y quietud.
Subyacentemente, esta pintura evoca un sentimiento de nostalgia por un mundo natural intacto, un refugio idílico alejado del bullicio de la vida urbana. La representación idealizada del paisaje sugiere una búsqueda de belleza y armonía en la naturaleza, un anhelo por escapar de las preocupaciones cotidianas y encontrar consuelo en la contemplación del entorno. La escala reducida de las figuras humanas frente a la inmensidad del paisaje transmite una reflexión sobre la fragilidad humana y la fugacidad de la existencia.