Unknown painters – Fortune Riding on a Wheel
Ubicación: National Museum (Nationalmuseum), Stockholm.
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La mujer, con una expresión serena y ligeramente melancólica, exhibe una anatomía idealizada, con un torso desnudo que revela una musculatura sutilmente definida. Un manto o tela carmesí cubre parcialmente su cuerpo, dejando al descubierto parte del pecho y los hombros. Sus alas, de plumaje oscuro y detallado, se extienden a ambos lados, sugiriendo una naturaleza celestial o divina. La mirada es directa, pero no confrontacional; parece más bien contemplativa, como si estuviera observando un proceso ineludible.
El elemento central de la obra es, sin duda, el intrincado sistema circular que sirve de asiento a la figura. Este mecanismo, construido con elementos que parecen ser de metal pulido, sugiere una maquinaria compleja y posiblemente fuera del control humano. La rueda, símbolo universal de la fortuna, el destino o el tiempo cíclico, se presenta aquí no como un elemento pasivo, sino como una fuerza activa que impulsa y determina el curso de los acontecimientos.
La presencia de la figura femenina sobre esta estructura implica una relación ambivalente entre el control y la sumisión. ¿Es ella quien domina la rueda, o es ella misma una pieza más dentro del engranaje? La serenidad de su rostro podría interpretarse como aceptación ante un destino inevitable, o quizás como una manifestación de poder que trasciende las limitaciones impuestas por la maquinaria.
El uso de la luz y la sombra contribuye a crear una atmósfera de misterio y dramatismo. Los reflejos metálicos en la rueda sugieren una inestabilidad inherente, mientras que el fondo oscuro acentúa la sensación de aislamiento y trascendencia. La paleta cromática, dominada por tonos terrosos y carmesí, refuerza la idea de un destino inexorable y la fragilidad de la existencia humana frente a las fuerzas del universo.
En resumen, la pintura plantea una reflexión sobre el destino, la fortuna y la relación entre el individuo y las fuerzas que lo rigen. La figura femenina, encarnación de la divinidad o quizás de la propia Fortuna, se convierte en un símbolo de la complejidad y la ambigüedad de la condición humana.