Unknown painters – Alexei Michailovich, Tsar of Russia
Ubicación: National Museum (Nationalmuseum), Stockholm.
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La paleta cromática se centra en tonos cálidos: ocres, dorados y rojos profundos que sugieren riqueza, solemnidad y quizás incluso un simbolismo asociado al fuego o la divinidad. La luz incide sobre el rostro y las vestimentas, resaltando los detalles de su indumentaria lujosa. El uso del dorado es particularmente significativo; se aprecia en la ornamentación de la túnica, el gorro con cruz prominente y los adornos que cubren gran parte de la prenda. Esta profusión de oro no solo denota opulencia material sino también una conexión con lo sagrado y un intento de legitimar su poder a través de referencias religiosas o simbólicas.
El rostro del retratado es severo, con una expresión que transmite determinación y quizás cierta melancolía. La barba poblada y el cabello corto, aunque estilizados, sugieren una masculinidad robusta y una imagen de fortaleza. La mirada es directa, estableciendo un contacto visual intenso con quien observa la obra, lo cual contribuye a la sensación de autoridad y control.
En el fondo, se vislumbra un paisaje urbano distante, probablemente una ciudad fortificada o palacio real. Esta representación del entorno sugiere el alcance de su dominio territorial y la responsabilidad que conlleva gobernar sobre un vasto imperio. La lejanía del paisaje también podría interpretarse como una metáfora de la distancia entre el gobernante y su pueblo, o quizás como una referencia a la inmensidad de sus responsabilidades.
La vara que sostiene en la mano es un símbolo inequívoco de poder y autoridad real. Su presencia refuerza la imagen de un líder firme e inflexible.
En términos de subtextos, el retrato parece buscar proyectar una imagen de soberanía absoluta, legitimada por la fe y respaldada por la riqueza material. La combinación de elementos religiosos (la cruz, el gorro con forma de cúpula) y símbolos de poder secular (la vara, la indumentaria lujosa) sugiere un intento deliberado de fusionar lo divino y lo terrenal para consolidar su autoridad. La severidad del rostro y la composición formal contribuyen a una atmósfera de solemnidad y respeto, invitando al espectador a reconocer la grandeza y el poder del retratado.