El Greco – San Benito
Ubicación: Prado, Madrid.
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La paleta cromática es deliberadamente limitada: predominan los tonos terrosos y oscuros, acentuados por la luz que incide sobre su rostro y la empuñadura dorada del báculo que sostiene. Esta iluminación no busca embellecer, sino resaltar las arrugas, las líneas de expresión y la fragilidad física del retratado. La piel aparece curtida, como expuesta a los rigores de una vida ascética y penitencial.
El atuendo, un hábito oscuro y sencillo, enfatiza su renuncia al mundo material. El cabello ralo, visible bajo el capuchón, contribuye a la impresión de envejecimiento y despojo. La presencia del báculo, objeto simbólico de autoridad espiritual y apoyo, sugiere una figura que ha recorrido un largo camino, tanto físico como interior.
Más allá de la representación literal, la pintura parece explorar temas relacionados con la fe, el sacrificio y la redención. El rostro del retratado no es simplemente una descripción física; es una ventana a su alma, donde se reflejan las luchas internas y los desafíos espirituales que ha enfrentado. La atmósfera general evoca un sentimiento de melancolía y contemplación, invitando al espectador a reflexionar sobre la naturaleza humana y el significado de la existencia. Se intuye una historia de sufrimiento, pero también de fortaleza interior y devoción inquebrantable. El paisaje difuminado en el fondo sugiere una soledad profunda, un aislamiento voluntario que permite una conexión más íntima con lo divino.