Michele Gold – Song of the Wild
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Dentro del círculo central, se despliega una densa vegetación de tonos ocres y verdes oscuros, que sugiere un bosque primigenio o un espacio natural salvaje. En primer plano, dos figuras humanas, vestidas con ropajes azules, parecen fundirse con el entorno. Su postura es ambigua; no se distinguen claramente sus rostros ni sus intenciones, lo que contribuye a su carácter enigmático. Parecen estar integradas en la naturaleza, más que interactuando con ella de manera activa.
Un elemento crucial son las aves blancas que orbitan alrededor del círculo central. Su presencia es constante y repetitiva, sugiriendo un ciclo continuo o una vigilancia perpetua. No se presentan como elementos amenazantes, sino más bien como observadores silenciosos, casi espíritus protectores del lugar. La luz que emana desde el centro superior del círculo, similar a la de un astro lunar, ilumina sutilmente las figuras y la vegetación, acentuando su aura mística.
El autor ha empleado una técnica pictórica expresiva, con pinceladas gruesas y texturizadas que añaden dinamismo a la composición. La superficie no es lisa ni uniforme; se percibe una búsqueda de materialidad, como si el artista quisiera evocar la rugosidad y la vitalidad del mundo natural.
Subtextualmente, la obra parece explorar temas relacionados con la conexión entre el ser humano y la naturaleza, la espiritualidad, y la búsqueda de un estado primordial o salvaje. La dualidad entre lo contenido (el marco) y lo libre (las aves y la vegetación) sugiere una tensión inherente a la condición humana: la necesidad de pertenecer a algo más grande que uno mismo, pero también el anhelo de escapar de las limitaciones impuestas por la civilización. La ausencia de un punto focal claro invita al espectador a contemplar la totalidad de la escena y a extraer sus propias interpretaciones. La obra no ofrece respuestas fáciles; plantea preguntas sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y nuestro lugar en él.