Mariano Barbasan – #19537
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Más allá de este primer plano rocoso, se extiende una densa vegetación, compuesta principalmente por árboles de follaje variado. Se distinguen tonalidades verdes intensas, mezcladas con amarillos dorados que sugieren la llegada del otoño o un momento crepuscular. La pincelada es suelta y vibrante, creando una sensación de movimiento y vitalidad en el conjunto arbóreo.
La atmósfera general se percibe como brumosa, lo cual contribuye a la profundidad espacial de la obra. Las montañas que se alzan en la lejanía se difuminan en un velo azulado, acentuando la distancia y sugiriendo una inmensidad casi infinita.
En el primer plano, sobre la cornisa rocosa, se observan figuras humanas diminutas, aparentemente pastoreando ovejas o cabras. Su escala reducida las convierte en elementos secundarios dentro del paisaje, enfatizando la grandiosidad de la naturaleza y la insignificancia del ser humano frente a ella.
La pintura evoca una sensación de soledad y contemplación. El silencio visual, interrumpido únicamente por la presencia discreta de los pastores, invita al espectador a sumergirse en la inmensidad del paisaje y a reflexionar sobre su propia posición dentro del universo. La técnica pictórica, con sus pinceladas expresivas y su paleta cálida, transmite una profunda conexión emocional con el entorno natural. Se intuye un anhelo por lo agreste, por la quietud y la belleza salvaje de los lugares recónditos.