Jacek Malczewski – Selfportrait with Pisanka
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Aquí se observa un autorretrato de una figura masculina que ocupa la mayor parte del plano frontal. El hombre, con una expresión serena y ligeramente melancólica, mira directamente al espectador. Su rostro está marcado por el paso del tiempo; la barba tupida y canosa acentúa las líneas de expresión y sugiere una vida dedicada a su oficio. Viste un atuendo funcional: una chaqueta de trabajo con amplios bolsillos, que le confiere un aire de sencillez y conexión con el entorno rural. Sobre su cabeza reposa un sombrero oscuro, posiblemente de fieltro, que enmarca su rostro y añade un elemento de misterio a su figura.
En sus manos sostiene un objeto esférico decorado con intrincados diseños geométricos; parece ser una pisanka, un huevo de Pascua tradicionalmente adornado. Este detalle introduce una dimensión simbólica significativa: la vida, el renacimiento, la fertilidad y la esperanza, elementos centrales en la iconografía religiosa y folclórica. La forma como lo presenta, con delicadeza y atención, sugiere una reverencia por estas tradiciones.
El fondo del cuadro se abre a un paisaje vasto y ondulado. Un camino sinuoso serpentea entre campos dorados que se extienden hasta el horizonte. A la distancia, un solitario árbol se alza sobre la llanura, como un punto de referencia en la inmensidad del espacio. El cielo, con sus nubes difusas y su luz tenue, contribuye a una atmósfera contemplativa y nostálgica.
La composición es deliberada; el autor se sitúa entre lo personal (su retrato) y lo universal (el paisaje). La escala del entorno contrasta con la figura humana, sugiriendo quizás la insignificancia individual frente a la grandiosidad de la naturaleza o el paso del tiempo. El uso de una paleta de colores terrosos y apagados refuerza esta sensación de quietud y reflexión.
Más allá de la representación literal, se intuyen subtextos relacionados con la identidad cultural, la conexión con las raíces ancestrales y la búsqueda de significado en un mundo cambiante. La pisanka no es solo un objeto decorativo; es un símbolo cargado de historia y tradición que el artista incorpora a su autorretrato como una declaración personal y cultural. El paisaje, por su parte, podría interpretarse como una metáfora del alma humana: vasto, misterioso y lleno de posibilidades. La mirada directa al espectador invita a la introspección y a compartir este momento de contemplación silenciosa.