Evariste Vital Luminais – The Flight of Gradlon Mawr (330-434 AD)
Ubicación: Fine Art Museum (Musée des Beaux Arts), Quimper.
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Según la leyenda, la ciudad se encontraba a orillas del mar y estaba separada de él por una enorme piscina que protegía la ciudad de las inundaciones durante las mareas. En la presa que separaba la piscina de la ciudad, había una puerta secreta, y la llave siempre colgaba del cuello del rey, el piadoso Gradlon, en una cadena de oro. Pero un día, la hermosa hija del rey, llamada Dahut, sucumbió a las súplicas de Satanás, le quitó la llave al padre mientras dormía y abrió la puerta, y la ciudad quedó inundada por el agua.
En algunas versiones de la leyenda, Satanás apareció ante Dahut por orden de Dios, que había decidido castigar a los habitantes de Ker-Is por sus pecados. Según otras versiones, Dahut robó la llave o bien a petición de su amado, o para abrirle las puertas de la ciudad.
Prácticamente todos los habitantes de Ker-Is murieron, y sus almas quedaron bajo el agua. Solo sobrevivieron el rey Gradlon y su hija, que decidieron cruzar el mar montados en el caballo marino Morvarh. Sin embargo, durante el viaje, se les apareció San Gwenole, quien acusó a Dahut de la destrucción de la ciudad. Le ordenó a Gradlon que arrojara a su hija al mar, después de lo cual se transformó en una sirena.
Después de salvarse, Gradlon fundó la ciudad de Quimper, que se convirtió en su nueva capital. Después de su muerte, en Quimper, entre las dos torres de la catedral de San Corentin, se le erigió una estatua, que se conserva hasta nuestros días.
Leyenda de la ciudad de Ker-Is, Wikipedia
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El mar es una fuerza activa en la pintura; las olas son representadas de manera vigorosa, con un tratamiento pictórico que enfatiza su movimiento y poder destructivo. La espuma blanca se arremolina alrededor de los caballos y las figuras, intensificando la sensación de caos y peligro. El cielo, cubierto por nubes grises y amenazantes, refuerza el tono sombrío y apocalíptico de la escena. En la lejanía, una silueta urbana apenas perceptible se vislumbra en el horizonte, sugiriendo un mundo civilizado que queda atrás o está a punto de ser engullido por los elementos.
La dinámica entre las figuras es compleja. El hombre vestido de oscuro parece dirigir la acción, con su brazo levantado en un gesto que podría interpretarse como una súplica, una advertencia o incluso una orden. La figura femenina, vulnerable y desamparada, evoca sentimientos de compasión y temor. El caballo blanco, a pesar de su fuerza, se muestra inestable, simbolizando quizás la fragilidad humana frente a las fuerzas naturales.
Subtextualmente, la obra parece explorar temas de fe, desesperación y el poder implacable de la naturaleza. La presencia del hombre con vestimenta monástica podría sugerir una lucha espiritual o un intento de encontrar consuelo en medio de la adversidad. La caída inminente de la mujer puede interpretarse como una metáfora de la pérdida, la decadencia o incluso la transitoriedad de la vida. El mar, omnipresente y amenazante, funciona como un símbolo del destino inexorable y la insignificancia humana ante las fuerzas cósmicas. La silueta urbana distante podría representar el mundo material que se desvanece frente a una crisis existencial. En general, la pintura transmite una sensación de angustia y fatalidad, invitando al espectador a reflexionar sobre la condición humana y su relación con lo trascendente.