Leonora Carrington – El Rarvarok
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El espacio se presenta como un interior arquitectónico indefinido, posiblemente una cámara o galería, con una estructura que parece a la vez sólida y fantasmagórica. En primer plano, destaca una figura encapuchada, vestida de negro, que avanza hacia el espectador con paso lento y deliberado. Su rostro permanece oculto bajo la capucha, lo que intensifica su aura de misterio e impersonalidad. A sus pies, se encuentra un cráneo, símbolo recurrente de la mortalidad y la transitoriedad de la existencia.
En una sección lateral, se aprecia una estructura elevada con barandilla donde varias figuras vestidas con túnicas observan la escena desde lo alto. Su posición sugiere una especie de juicio o contemplación distante de los acontecimientos que se desarrollan en el plano inferior.
La parte derecha del cuadro está ocupada por un tapiz o mural que representa una procesión, posiblemente un cortejo fúnebre o ritual. Se distingue una figura montada en un carro tirado por caballos blancos, rodeada de personajes vestidos con ropajes ceremoniales. La escena es caótica y dinámica, contrastando con la quietud y solemnidad del resto de la composición. Al pie del tapiz, se despliega una multitud de animales salvajes –loberos, pequeños mamíferos– que parecen surgir del suelo o del mismo mural, añadiendo un elemento de irracionalidad y descontrol a la escena.
La pintura sugiere una reflexión sobre temas como la muerte, el destino, la decadencia y la fragilidad de la condición humana. La figura encapuchada podría representar la personificación de la muerte o el tiempo implacable que avanza inexorablemente hacia todos los seres vivos. El tapiz con la procesión simboliza el ciclo eterno de la vida y la muerte, mientras que los animales salvajes podrían aludir a los instintos primarios y las fuerzas irracionales que subyacen en la naturaleza humana.
La composición, con su mezcla de elementos realistas y fantásticos, crea una atmósfera ambigua y perturbadora que invita a múltiples interpretaciones. La ausencia de un punto focal claro y la superposición de planos contribuyen a la sensación de desorientación y confusión del espectador, sumergiéndolo en un mundo onírico donde las leyes de la lógica y la razón parecen suspendidas.