Harris – harris icebergs, davis strait 1930
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El tratamiento de la forma es notable. Los icebergs no se representan de manera realista, sino que se simplifican en volúmenes geométricos angulosos, casi arquitectónicos. Esta abstracción reduce los elementos a sus estructuras esenciales y enfatiza su solidez y permanencia. La luz, aunque tenue, resalta las aristas y crea un juego de sombras que acentúa la tridimensionalidad de estas formaciones.
El cielo, representado con tonos violáceos y azulados, se extiende como una bóveda opresiva sobre el paisaje. No hay indicios de vida o movimiento; la atmósfera es densa y silenciosa, contribuyendo a una sensación general de aislamiento y desolación. La línea del horizonte es baja, lo que intensifica la verticalidad de los icebergs y su aparente inmensidad.
Más allá de la descripción literal, esta pintura parece sugerir reflexiones sobre la fragilidad humana frente a la fuerza implacable de la naturaleza. La frialdad del entorno, la ausencia de vida y la monumentalidad de los icebergs pueden interpretarse como símbolos de la indiferencia cósmica o de la ineludible marcha del tiempo. La simplificación formal podría aludir a una búsqueda de verdad esencial, despojada de adornos superficiales. La escena evoca un sentimiento de melancolía y contemplación, invitando al espectador a reflexionar sobre su propia existencia en relación con el vasto e inexplorado mundo natural. El uso del color y la composición sugieren una atmósfera de introspección y misterio, más que una mera representación documental.