Henri Julien Felix Rousseau – Rousseau (69)
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En primer plano, un grupo de figuras vestidas con ropas blancas tradicionales se encuentra reunido sobre un terreno cubierto de hierba y vegetación exuberante. Una figura reclinada sobre un tapiz colorido aporta un contraste visual significativo al conjunto. A su lado, un camello, elemento característico del paisaje oriental, se presenta como un símbolo de viaje, comercio o simplemente la vida cotidiana en ese entorno. Un pequeño perro blanco reposa cerca de las figuras humanas, añadiendo una nota de domesticidad y tranquilidad a la escena.
La luz es uniforme y difusa, sin sombras marcadas, lo que contribuye a una atmósfera serena y casi onírica. El tratamiento pictórico es deliberadamente plano y esquemático; los detalles se simplifican y las formas se definen con contornos precisos, otorgando al conjunto un aire de ingenuidad o incluso de representación documental.
Subyace en la obra una fascinación por lo lejano y desconocido. La ciudad, presentada como un lugar misterioso y grandioso, podría interpretarse como una proyección del deseo occidental de explorar culturas diferentes y exóticas. La quietud de las figuras y la serenidad del paisaje sugieren una contemplación pacífica de este mundo distante. No obstante, la ausencia de interacción entre los personajes y su postura inerte podrían insinuar una cierta distancia emocional o incluso una sutil crítica a la idealización de culturas ajenas. La composición, en su conjunto, evoca un sentimiento de nostalgia por un lugar que quizás nunca se ha visitado, pero que reside firmemente en el imaginario colectivo.