Henri Julien Felix Rousseau – Rousseau (47)
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El artista ha dispuesto árboles esbeltos a ambos lados de la senda, creando una perspectiva que dirige la mirada hacia el centro de la composición. La vegetación del primer plano, con sus tonalidades amarillentas y toques rojizos, sugiere un campo en flor o hierba seca, contribuyendo a una atmósfera melancólica y ligeramente desolada.
En el plano medio, avanza una figura solitaria: un hombre vestido de negro, encorvado bajo el peso de su bastón. Su presencia es discreta, casi sumisa, y refuerza la sensación de aislamiento y vulnerabilidad que emana del paisaje. No se dirige hacia la estructura con determinación, sino más bien como si fuera arrastrado por una fuerza invisible.
El cielo, ocupando gran parte del espacio superior, está cubierto por nubes densas y pesadas, pintadas con pinceladas gruesas y expresivas. La luz es difusa y opresiva, acentuando la atmósfera de incertidumbre y presagio.
La obra plantea interrogantes sobre el progreso, la industrialización y su impacto en el individuo y el entorno natural. La yuxtaposición de elementos orgánicos y artificiales sugiere una crítica implícita a la deshumanización del mundo moderno. El hombre solitario podría interpretarse como un símbolo de la fragilidad humana frente a fuerzas incomprensibles, o quizás como una representación de la alienación que provoca el avance tecnológico. La estructura imponente, con su maquinaria oculta, evoca tanto la promesa de innovación como el temor a lo desconocido y al poder descontrolado. En definitiva, se trata de un paisaje onírico donde la lógica se disuelve y emergen inquietudes existenciales.