George Dawe – Andromache imploring Ulysses to spare the life of her son
Ubicación: Museum of New Zealand Te Papa Tongarewa, Wellington.
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El hombre, presumiblemente el objeto de la súplica, se presenta como una figura de poder y autoridad. Su postura es rígida, casi desafiante, aunque su rostro sugiere una lucha interna. El color rojo intenso de su vestimenta acentúa su presencia dominante y podría simbolizar tanto la nobleza como la sangre derramada en la guerra. Su mano extendida hacia la mujer denota un gesto ambiguo: ¿es un intento de rechazo o una señal de contención?
La mujer, arrodillada a sus pies, es el centro emocional de la obra. Su expresión transmite angustia y desesperación; su cuerpo se inclina hacia adelante en un acto de súplica visceral. Sostiene con fuerza a un niño pequeño contra su pecho, enfatizando la vulnerabilidad de la inocencia amenazada. La luz ilumina su rostro y sus manos, resaltando el contraste entre su fragilidad y la dureza del entorno.
El soldado, situado a la derecha de la composición, actúa como una barrera física y simbólica. Su armadura y expresión impasible sugieren un deber inflexible, una lealtad dividida entre la compasión y la obediencia. Su presencia refuerza la sensación de que la súplica se enfrenta a una fuerza superior e impersonal.
El fondo está tratado con cierta oscuridad, aunque se intuyen siluetas de edificios y una línea costera distante. Esta atmósfera brumosa contribuye a la sensación de opresión y desesperanza. La luz tenue que ilumina las figuras principales contrasta con la penumbra del trasfondo, concentrando la atención en el drama humano que se desarrolla en primer plano.
Subtextualmente, la obra parece explorar temas universales como la guerra, la piedad, la justicia y la maternidad. La súplica de la mujer no es solo por la vida de su hijo, sino también por una muestra de humanidad en medio del conflicto. La ambigüedad de la reacción del hombre sugiere la complejidad moral de las decisiones bélicas y el peso de la responsabilidad que recae sobre aquellos que ostentan el poder. El niño, símbolo de inocencia y futuro, se convierte en un poderoso foco de empatía para el espectador. La composición, con su disposición triangular y sus contrastes de luz y color, intensifica la carga emocional de la escena, invitando a una reflexión profunda sobre la naturaleza humana y las consecuencias de la violencia.