Lucien Coutaud – #20958
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En primer plano, se despliegan figuras ambiguas, híbridas entre lo animal y lo humano. Destacan los volúmenes redondeados de lo que parecen ser equinos, pero cuyas formas han sido distorsionadas y geometrizadas, perdiendo su naturalidad en favor de una representación más abstracta. Sus traseros, presentados frontalmente al espectador, sugieren una vulnerabilidad o exposición.
A la izquierda, una figura humana, vestida con un atuendo que evoca elementos rituales, se encuentra sentada sobre un objeto geométrico. Su postura es contemplativa, casi pasiva, observando el devenir de la escena sin intervenir directamente. La presencia de este personaje introduce una dimensión narrativa incierta; ¿es testigo, participante o simplemente un elemento decorativo?
El terreno en sí está construido con formas angulares y fragmentadas, como si estuviera desintegrándose. Se intuyen ruinas arquitectónicas a lo lejos, sumergidas en la bruma del paisaje, que podrían simbolizar una pérdida de memoria o el declive de una civilización.
La paleta cromática es limitada pero efectiva: predominan los tonos azules y amarillos, con toques de verde y negro que acentúan la atmósfera opresiva y misteriosa. La luz parece provenir de una fuente indeterminada, proyectando sombras alargadas y distorsionadas que contribuyen a la sensación de irrealidad.
Subtextualmente, la obra podría interpretarse como una reflexión sobre la deshumanización, la pérdida de identidad o el impacto del progreso tecnológico en la naturaleza. Las figuras fragmentadas y los elementos simbólicos sugieren un mundo al borde del colapso, donde las fronteras entre lo real y lo imaginario se difuminan. La sensación general es de inquietud y melancolía, invitando a una introspección profunda sobre el estado de la condición humana. El uso deliberado de formas geométricas y la ausencia de perspectiva tradicional refuerzan la naturaleza onírica y simbólica de la escena, alejándola de una representación realista del mundo.