Sotheby’s – Armand Guillaumin - The Watermill, 1893
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A la izquierda, el molino se alza como una estructura robusta, sus tejados rojizos contrastando con la vegetación circundante. La rueda del molino, parcialmente visible, parece inactiva, lo que podría evocar una reflexión sobre el paso del tiempo o la decadencia de las actividades tradicionales. La construcción se integra en el paisaje, pero también se presenta como un punto focal que atrae la mirada.
El plano medio muestra un árbol solitario, su tronco recto y sus ramas desnudas apuntando hacia arriba. Este elemento vertical sirve como eje central visual, equilibrando la horizontalidad del arroyo y el molino. La paleta de colores otoñales – ocres, rojos y amarillos – que envuelve el árbol y las colinas en segundo plano intensifica la atmósfera melancólica y nostálgica de la obra.
En el fondo, las montañas se elevan con una silueta imponente, pintadas con pinceladas gruesas y expresivas que sugieren su rugosidad y grandiosidad. Un pequeño puente de madera cruza el arroyo en un punto intermedio, ofreciendo un camino visual hacia la distancia.
La luz es difusa y cálida, creando una atmósfera serena y contemplativa. El autor parece interesado no tanto en representar la realidad con precisión fotográfica, sino en capturar la impresión subjetiva del paisaje, sus colores y su ambiente. Se percibe una intención de transmitir una sensación de quietud y armonía, a pesar de la fuerza visible del agua que fluye. La obra invita a la reflexión sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, así como sobre la fugacidad del tiempo y la belleza efímera del mundo rural. La ausencia de figuras humanas refuerza esta impresión de soledad y contemplación.