Sotheby’s – Henri Martin - Labastide-du-Vert, Valley of Lot, 1905
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El pueblo, situado en la parte inferior central del cuadro, muestra una arquitectura modesta, caracterizada por tejados de tejas rojizas y muros de piedra o tapia. La disposición de las construcciones es irregular, lo que acentúa la sensación de espontaneidad y autenticidad del lugar. Un hilo de humo asciende desde una de las chimeneas, indicando actividad doméstica y sugiriendo un ambiente hogareño y cotidiano.
El primer plano se ve interrumpido por una fronda densa, con árboles de porte esbelto que delinean el borde del pueblo. Estos elementos vegetales contribuyen a la sensación de aislamiento y protección que emana el lugar. Tras ellos, un campo abierto se extiende hasta donde alcanza la vista, delimitado por una línea de cipreses verticales que refuerzan la perspectiva.
En el fondo, las colinas y montañas se presentan con una atmósfera brumosa, casi etérea. La paleta de colores utilizada para representarlas es fría, dominada por tonos azules y grises, lo que contribuye a crear una sensación de distancia y misterio. La luz parece filtrarse entre la niebla, suavizando los contornos y atenuando la intensidad de los colores.
El tratamiento pictórico es notablemente expresivo. La pincelada es suelta y fragmentaria, con toques de color que se yuxtaponen sin mezclarse completamente. Esta técnica contribuye a crear una textura vibrante y a transmitir una impresión de movimiento y vitalidad. La luz no es uniforme; se concentra en ciertas áreas, creando contrastes que resaltan la volumetría de las formas y acentúan el dramatismo del paisaje.
Más allá de la mera descripción física, esta pintura parece evocar un sentimiento de nostalgia por un mundo rural idealizado, un refugio frente a la modernidad. La quietud del lugar, la sencillez de sus habitantes y la belleza agreste del entorno sugieren una vida en armonía con la naturaleza, alejada del bullicio y las preocupaciones urbanas. El uso de la perspectiva aérea y la atmósfera brumosa contribuyen a crear una sensación de ensueño, como si el espectador estuviera contemplando un recuerdo lejano o una visión idealizada del pasado. La pincelada fragmentaria, en lugar de buscar una representación mimética, parece querer captar la esencia misma del paisaje, su carácter y su atmósfera.