Francisco Bores – #36705
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La disposición no es casual; los elementos se superponen y se intersecan, creando una sensación de profundidad ambigua. La perspectiva no converge hacia un punto único de fuga, sino que parece fragmentarse en múltiples planos. Las formas se simplifican a sus volúmenes esenciales, despojadas de detalles ornamentales. Se observa una marcada tendencia a la geometrización, donde las curvas se reducen y los contornos se definen con bruscos cambios de color.
La paleta cromática es deliberadamente limitada: predominan tonos terrosos –amarillos ocres, marrones– junto con el contraste del negro profundo de la botella y los colores vibrantes de las frutas. El uso del color no busca imitar la realidad, sino más bien expresar una interpretación subjetiva de la forma. Se aprecia una aplicación pictórica densa, con pinceladas visibles que contribuyen a la textura general de la obra.
Más allá de la representación literal de objetos cotidianos, esta pintura sugiere una reflexión sobre la percepción y la construcción del espacio. La desarticulación de la perspectiva tradicional implica una ruptura con las convenciones representativas, invitando al espectador a cuestionar su propia manera de ver el mundo. La simplicidad formal y la austeridad cromática pueden interpretarse como un intento de reducir la realidad a sus elementos más básicos, buscando una verdad esencial que trasciende la apariencia superficial. La ausencia de contexto narrativo o emocional refuerza esta impresión de objetividad y análisis formal. Se intuye una exploración del volumen y el espacio, donde la forma se convierte en el principal objeto de estudio.