Anthony Casay – kb Casay Anthony 08 2002
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El autor ha dispuesto una línea de costa rocosa en segundo plano, cuyas siluetas se funden con la oscuridad, sugiriendo una extensión indefinida más allá del marco visible. La vegetación, representada por un árbol de hoja perenne que se extiende desde el borde derecho de la composición, añade una nota de vitalidad y organicidad a la escena. Sus ramas, delicadamente delineadas, parecen extenderse hacia la luna, buscando su luz.
El primer plano está ocupado por el mar embravecido. Las olas, pintadas con pinceladas vigorosas y colores vibrantes – azules turquesas y blancos espumosos – sugieren una fuerza natural indomable. La espuma de las olas se refleja en la arena mojada, creando un efecto luminoso que atrae la mirada del espectador hacia el centro de la composición. Un pequeño grupo de flores rosadas, situadas en la parte inferior izquierda, aportan un toque de delicadeza y color a la escena, contrastando con la grandiosidad del mar y la luna.
La paleta cromática es fundamental para establecer el estado de ánimo general de la obra. Los tonos fríos – azules, violetas y grises – predominan, evocando una sensación de calma melancólica y contemplación. La luz lunar, aunque brillante, no es cálida; más bien, ilumina con una frialdad etérea que acentúa el carácter misterioso del paisaje.
Subtextualmente, la pintura podría interpretarse como una reflexión sobre la dualidad entre la fuerza de la naturaleza y la fragilidad de la existencia humana. La luna, símbolo universal de lo femenino y lo intuitivo, preside sobre un mar agitado, representando quizás las emociones turbulentas que subyacen a la superficie de la calma aparente. El árbol, arraigado en la roca, simboliza la resistencia y la perseverancia ante las adversidades. La presencia de las flores, efímeras y delicadas, podría aludir a la belleza transitoria de la vida. En definitiva, el autor ha creado una imagen que invita a la introspección y a la contemplación del mundo natural.