Nikolay Dmitriev-Orenburgsky – Last battle at Plevna, November 28, 1877. 1889.
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En primer plano, se despliega un panorama de destrucción y caos. El suelo está salpicado de cuerpos inertes, tanto soldados como animales, evidenciando la brutalidad del combate. Se distinguen grupos de hombres en uniforme, algunos aún activos, otros exhaustos o heridos, moviéndose entre el escombro y los restos de armamento. La presencia de caballos, tanto vivos como muertos, añade dramatismo a la representación. Un cañón, situado ligeramente descentrado, apunta hacia un punto indefinido en la distancia, simbolizando quizás la maquinaria bélica impersonal que impulsa este conflicto.
La disposición de las figuras sugiere una narrativa fragmentada. No hay un punto focal claro; el ojo del espectador se ve obligado a recorrer toda la extensión de la escena para comprender la magnitud de la derrota. La ausencia de rostros individualizados contribuye a despersonalizar a los combatientes, reduciéndolos a meros peones en un juego de poder más amplio.
Subyace una reflexión sobre el costo humano de la guerra. Más allá de la representación del combate en sí mismo, la pintura parece querer transmitir una sensación de pérdida y desesperanza. La disposición de los cuerpos caídos, la expresión de agotamiento en las figuras supervivientes, todo apunta a un mensaje implícito sobre la futilidad de la violencia. El paisaje brumoso al fondo, aunque sugiere una posible esperanza o futuro, se ve eclipsado por la inmediatez del sufrimiento presente.
La composición general, con su perspectiva amplia y su enfoque en el terreno devastado, evoca las grandes pinturas históricas del siglo XIX, pero con un tono más sombrío y realista. No se celebra la victoria ni el heroísmo; se presenta una visión cruda y desoladora de la guerra como experiencia humana. La obra invita a la reflexión sobre los horrores del conflicto y sus consecuencias duraderas.