Godofredo Ortega Munoz – CAY40810
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El cielo se presenta como una extensión difusa de color ocre pálido, sin detalles ni nubes, lo que contribuye a la sensación de inmensidad y quietud del espacio. La línea horizontal es fundamental en la estructura de la obra: el horizonte está marcado por un tono más claro, mientras que la parte inferior se define por una franja anaranjada intensa, creando una división visual que acentúa la profundidad del paisaje.
La simplificación formal es notable; los elementos no están representados con realismo detallado, sino a través de formas geométricas y colores planos. Esta reducción a lo esencial sugiere una búsqueda de la esencia del lugar, más allá de su apariencia superficial. El tratamiento de la luz, uniforme y sin sombras marcadas, contribuye a una atmósfera onírica y atemporal.
Subyace en esta representación una reflexión sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, donde los olivos, símbolos de arraigo y resistencia, se erigen como protagonistas silenciosos de un paisaje marcado por la austeridad y la belleza agreste. La repetición de las formas arbóreas podría interpretarse como una metáfora de la continuidad y la persistencia a lo largo del tiempo. La ausencia de figuras humanas refuerza esta sensación de soledad y contemplación, invitando al espectador a sumergirse en la atmósfera evocadora del lugar.