Justus Sustermans – Portrait of Maria Maddalena of Austria as Saint Mary Magdalene
Ubicación: Palazzo Pitti, Firenze.
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Aquí se observa una composición de marcado contraste lumínico y cromático, dominada por tonos terrosos y oscuros que acentúan la atmósfera de recogimiento y penitencia. La figura central, una mujer de rostro ovalado y expresión melancólica, ocupa el plano frontal, con las manos juntas en un gesto de súplica o contemplación. Su mirada se dirige hacia arriba, más allá del marco visible, sugiriendo una conexión espiritual trascendente.
La vestimenta, austera y de tonos oscuros, contribuye a la sensación de humildad y renuncia mundana. El tejido parece pesado, con una textura que evoca tanto sencillez como cierta opulencia sutil, posiblemente indicando un origen noble o una posición social elevada. La luz incide sobre su rostro y manos, resaltando los detalles de la piel y enfatizando la vulnerabilidad de la figura.
El fondo se desvanece en la oscuridad, pero se distinguen elementos simbólicos que enriquecen el significado de la escena. A la izquierda, una cruz de madera se alza como un recordatorio del sacrificio redentor. En primer plano, sobre una superficie irregular y rocosa, se disponen varios objetos con fuerte carga iconográfica: un cráneo humano, un libro cerrado, un cáliz y algunas frutas dispersas. El cráneo, elemento memento mori, subraya la fugacidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte. El libro podría simbolizar el conocimiento divino o la revelación espiritual. El cáliz alude a la Eucaristía y a la gracia divina. Las frutas, posiblemente granadas, podrían representar tanto la fertilidad como el sufrimiento (aludiendo a las lágrimas de María Magdalena).
La disposición de estos objetos no es casual; se organizan en una especie de natureza morta que intensifica la atmósfera de reflexión sobre la mortalidad y la redención. La composición general sugiere una profunda introspección, un viaje espiritual marcado por el arrepentimiento y la búsqueda de la salvación. El artista ha logrado crear una imagen de gran intensidad emocional, donde la luz y la sombra se combinan para evocar una sensación de misterio y devoción. Se intuye una narrativa silenciosa, una historia personal o religiosa que trasciende lo meramente representativo. La figura femenina no es simplemente un retrato; es una encarnación de la penitencia, la fe y la esperanza en medio del sufrimiento.