Vasily Polenov – Oka Valley
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El río, elemento central, refleja el cielo con tonos azulados y grises, sugiriendo un día nublado o parcialmente cubierto. Sus orillas están densamente pobladas por árboles en plena coloración otoñal: ocres, amarillos y rojos vibrantes que contrastan con la tonalidad más oscura de los bosques circundantes. Esta paleta cromática evoca una atmósfera melancólica pero a la vez rica y exuberante.
En el plano medio, se aprecia un terreno más llano, salpicado de vegetación y con indicios de asentamientos humanos: pequeñas construcciones que sugieren un pueblo o aldea distante. La presencia de estos elementos introduce una nota de domesticación en el paisaje, aunque la naturaleza sigue siendo claramente dominante.
Al fondo, las montañas se dibujan difuminadas contra el horizonte, envueltas en una bruma ligera que acentúa la sensación de lejanía y misterio. El cielo, con sus nubes dispersas, contribuye a esta atmósfera etérea.
La pincelada es suelta y expresiva, característica del impresionismo o postimpresionismo. No se busca la representación mimética de la realidad, sino más bien la transmisión de una impresión subjetiva, un sentimiento ante el paisaje. La luz juega un papel fundamental en la obra; no es una luz uniforme, sino que varía según la zona, creando contrastes y resaltando ciertas áreas.
Subtextualmente, la pintura podría interpretarse como una reflexión sobre la fugacidad del tiempo y la belleza efímera de la naturaleza. El otoño, con su colorida decadencia, simboliza el paso inevitable del ciclo vital. La presencia humana, aunque discreta, sugiere una relación ambivalente entre el hombre y el entorno natural: una coexistencia marcada por la dependencia pero también por la posible intrusión. La vastedad del paisaje invita a la contemplación y a la reflexión sobre la inmensidad de la naturaleza frente a la fragilidad de la existencia humana. La atmósfera general transmite una sensación de calma, melancolía y un profundo respeto por el mundo natural.