Part 1 – Antoniazzo Romano (1435-1508) - Salome brings Herod the head of John
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El foco central recae en una mesa ricamente dispuesta, alrededor de la cual se congrega un grupo heterogéneo de personajes. El gobernante, sentado a la cabecera, irradia autoridad aunque su expresión parece ambivalente, quizás marcada por la duda o el temor. A su lado, una mujer vestida de rojo avanza hacia él, sosteniendo en sus manos un objeto que no se distingue claramente al principio, pero cuya naturaleza siniestra se revela con mayor claridad a medida que el ojo se desplaza.
La composición está organizada para dirigir la mirada del espectador. A la izquierda, varios hombres, ataviados con ropajes ostentosos y sombreros elaborados, parecen participar en una conversación tensa o conspirativa. Sus gestos son exagerados, casi teatrales, sugiriendo un ambiente de intriga y desconfianza. En el extremo derecho, dos figuras jóvenes, vestidas con colores vivos (rojo y blanco), observan la escena con una mezcla de curiosidad e inquietud. Uno de ellos sostiene lo que parece ser un cetro o bastón, mientras que el otro se inclina para acariciar a un pequeño mono que está jugando con un perro. Este detalle, aparentemente trivial, introduce un elemento de contraste entre la gravedad del evento principal y la despreocupación de la vida cotidiana.
La paleta cromática es rica en tonos cálidos: rojos, dorados y ocres dominan la escena, acentuando el lujo y la opulencia del entorno. El uso del color también sirve para diferenciar a los personajes según su rango social o su papel en la narrativa. La figura femenina vestida de rojo destaca por encima del resto, convirtiéndose en el eje central de la composición.
Subtextualmente, la obra parece explorar temas como el poder, la corrupción y la traición. El gesto ambiguo del gobernante, la expresión sombría de los personajes a su alrededor, y la presencia ineludible de la mujer con el objeto misterioso sugieren una atmósfera de tensión y peligro inminente. La inclusión del mono y el perro podría interpretarse como un símbolo de la futilidad de la vida o como una crítica implícita a la vanidad humana. La arquitectura, con sus arcos que enmarcan un paisaje idealizado al fondo, crea una sensación de distanciamiento entre el mundo real y el mundo de los acontecimientos narrados, enfatizando así su carácter trágico e inevitable. La escena evoca una reflexión sobre las consecuencias del poder absoluto y la fragilidad de la moralidad humana.