Jean-Francois Charles – Raouda
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La figura femenina principal domina la parte frontal de la imagen. Se presenta desnuda hasta el pecho, ataviada con un turbante y una especie de faja o pañolón alrededor de la cintura. Su postura es desafiante, casi provocativa; su mirada se dirige al espectador, estableciendo una conexión directa que intensifica la sensación de intimidad y exhibición. La luz incide sobre su cuerpo, resaltando sus formas y creando un juego de sombras que acentúa su sensualidad.
En el fondo, varias figuras femeninas se sumergen en la piscina o se relajan a sus bordes. Su presencia contribuye a crear una atmósfera de languidez y placer, aunque también puede interpretarse como una representación idealizada de la mujer oriental, reducida a un objeto de deseo. La disposición de estas figuras es deliberada; parecen formar parte de un ritual o ceremonia, pero su individualidad se diluye en el conjunto.
El uso del color es notable. Predominan los tonos cálidos: ocres, dorados y amarillos que refuerzan la sensación de calidez y opulencia. Los azulejos, con sus patrones geométricos, aportan un elemento decorativo que contrasta con la figura humana y enfatiza la riqueza del entorno.
Subyace en esta representación una tensión entre la tradición y la modernidad, entre el exotismo oriental y la mirada occidental. La escena parece querer evocar un mundo lejano y misterioso, pero al mismo tiempo, se presenta de manera sensualizada y fetichizada. El autor no busca necesariamente retratar la realidad cultural del mundo árabe, sino más bien construir una fantasía erótica basada en estereotipos y prejuicios occidentales sobre el Oriente. La figura femenina, despojada de su contexto social y cultural, se convierte en un símbolo de la sexualidad exótica, destinada a satisfacer los deseos del espectador. El agua, elemento recurrente en las representaciones de baños árabes, funciona aquí como metáfora de la pureza y la sensualidad, al tiempo que contribuye a crear una atmósfera onírica y envolvente.