Mikhail Terebenev – Женский портрет. 1825
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La mujer es joven, con facciones delicadas y una expresión serena que sugiere introspección o quizás un leve distanciamiento. Su mirada se dirige al frente, sin contacto directo con el espectador, lo cual contribuye a esa atmósfera de reserva. El cabello, oscuro y peinado en rizos sutiles alrededor del rostro, está recogido bajo una elaborada tocado. Este último, compuesto por una estructura arquitectónica de encaje blanco adornada con plumas anaranjadas, resulta un elemento central que enfatiza la posición social de la retratada y su apego a las convenciones estéticas de la alta sociedad. Un velo translúcido cae desde el tocado, enmarcando suavemente su rostro y añadiendo una capa de misterio a su apariencia.
El atuendo es igualmente revelador: un vestido de color azul celeste con mangas abullonadas y un chal o pañuelo rojo que se cruza sobre el pecho, creando un contraste cromático llamativo. La joyería, discreta pero elegante –un collar de cuentas rojas– complementa la vestimenta y subraya su estatus económico.
La técnica del dibujo es precisa y detallada, con una marcada atención a las texturas: la suavidad de la piel, el brillo del encaje, la caída del velo, la tersura de la tela. El fondo neutro permite que la figura resalte con mayor intensidad, focalizando la atención en su semblante y vestimenta.
Más allá de la representación literal, esta pintura sugiere una serie de subtextos relacionados con la identidad femenina en el siglo XIX. La formalidad de la pose, la rigidez del atuendo y la expresión contenida reflejan las restricciones sociales impuestas a las mujeres durante esa época. El retrato se convierte así en un documento que captura no solo la apariencia física de la retratada, sino también su lugar dentro de una estructura social jerárquica y conservadora. La elegancia y el refinamiento exhibidos podrían interpretarse como una declaración de pertenencia a una élite privilegiada, consciente de su posición y dispuesta a mantenerla. El uso del color rojo en el chal podría simbolizar pasión o vitalidad, contrastando con la frialdad aparente de la expresión facial. En definitiva, se trata de un retrato que invita a reflexionar sobre las convenciones sociales, los roles de género y la representación de la identidad femenina en una época marcada por profundos cambios culturales y políticos.