Alexander Golovin – Temple of Eros. Set design for the opera by K.V. Gluck Orpheus and Eurydice
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El plano es amplio; domina una extensión de césped meticulosamente cuidado, delineado por una profusa vegetación. Esta última se manifiesta en una exuberancia casi desbordante: rosales trepadores cubren los bordes, mientras que árboles y arbustos de hoja perenne se agolpan en segundo plano, creando una barrera visual que limita la profundidad del espacio. La paleta cromática es rica y vibrante; predominan el verde intenso del césped y la vegetación, contrastado con destellos amarillos y dorados que sugieren una luz solar filtrada o un resplandor divino.
En el centro de la escena se alza un pequeño templo circular de estilo clásico, construido en piedra clara. Su arquitectura es sencilla y elegante, evocando una sensación de pureza y serenidad. A su izquierda, una fuente ornamentada con una estructura piramidal añade un punto focal adicional, reflejando la luz y contribuyendo a la atmósfera bucólica. Más allá del templo, se vislumbra una especie de invernadero o pabellón cubierto, que introduce una nota de misterio y artificialidad en el conjunto.
En los laterales del escenario, dos figuras femeninas aladas, probablemente representaciones alegóricas de las Gracias o Ninfas, se encuentran integradas en la vegetación. Su presencia refuerza la temática mitológica y sugiere un ambiente de belleza idealizada y sensualidad contenida. La disposición de estas figuras, ligeramente descentradas, contribuye a una sensación de movimiento y dinamismo dentro del espacio escénico.
El marco superior, adornado con guirnaldas florales, delimita el escenario y acentúa su carácter artificial y teatral. La luz, difusa y dorada, envuelve la escena en un halo de irrealidad, sugiriendo una dimensión atemporal y trascendente.
Subtextualmente, este diseño escénico parece buscar crear un espacio de refugio y deleite, un lugar donde el amor y la belleza pueden florecer sin las restricciones del mundo real. La artificialidad deliberada del jardín – su simetría, su exuberancia controlada – podría interpretarse como una metáfora de la fragilidad del amor y la inevitabilidad de la pérdida, temas centrales en muchas tragedias griegas. El templo dedicado a Eros, el dios del amor, se convierte así en un símbolo ambiguo: un lugar de esperanza y promesa, pero también de potencial desilusión. La presencia de las figuras aladas sugiere una vigilancia divina sobre los acontecimientos que están por desarrollarse, insinuando la intervención del destino en los asuntos humanos.