Karl Pavlovich Bryullov – Self-portrait. 1830-1833
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La composición se centra en la cabeza y los hombros del retratado. El cabello, abundante y rizado, ocupa una parte significativa del espacio, creando un marco alrededor del rostro y contribuyendo a una sensación de volumen y dinamismo. La ejecución es rápida y gestual; las líneas son fluidas y expresivas, delineando con precisión la estructura ósea y los volúmenes musculares. Se aprecia una notable economía en el uso del color: predominan los tonos ocres, marrones y grises, aplicados de manera desigual para sugerir luces y sombras.
El atuendo es sencillo pero elegante: un cuello alto, posiblemente de lana o terciopelo, y un pañuelo anudado al cuello. Estos detalles sugieren una pertenencia a la clase social acomodada, sin embargo, la ausencia de ornamentación excesiva apunta a una cierta modestia o rechazo a la ostentación.
Más allá de la representación física, el retrato transmite una sensación de introspección y autorreflexión. La mirada fija, la expresión serena pero ligeramente triste, invitan al espectador a considerar los pensamientos y emociones del retratado. Se intuye un hombre consciente de sí mismo, quizás atormentado por dudas o preocupaciones existenciales. El dibujo, con su carácter esquemático y su atmósfera sombría, podría interpretarse como una exploración psicológica más que como una mera representación física. La sencillez del fondo, casi inexistente, refuerza la concentración en la figura central y acentúa su individualidad. En definitiva, el autor ha plasmado no solo un semblante, sino también una impresión de carácter y estado anímico.