Konstantin Alekseevich Korovin – Girl with a guitar. 1916
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El artista ha empleado una paleta de colores cálidos y terrosos: ocres, marrones, amarillos apagados que dominan tanto las paredes como los elementos del mobiliario. La figura de la joven se destaca por su vestimenta clara, un chaleco blanco sobre una camisa, que contrasta con el fondo más oscuro. Su postura es relajada, casi desinteresada, sugiriendo una conexión íntima con la música que interpreta.
El espacio interior está ligeramente desordenado: se aprecian objetos dispersos en el suelo, como un perchero o algún tipo de utensilio metálico, y un armario abierto revela su contenido. Esta falta de pulcritud contribuye a crear una atmósfera de autenticidad y cotidianidad. La ventana, además de ser fuente de luz, ofrece una vista al exterior, aunque esta se presenta difusa y poco definida, como si la atención del artista estuviera centrada en el interior, en la figura humana y su actividad musical.
Más allá de la representación literal de una joven tocando la guitarra, la pintura parece sugerir un estado de ánimo melancólico o contemplativo. La luz tenue, los colores apagados y la postura relajada de la modelo invitan a la introspección. Podría interpretarse como una reflexión sobre la soledad, el arte como refugio, o la belleza encontrada en la simplicidad de la vida cotidiana. El gesto de tocar la guitarra no es un espectáculo para un público, sino una expresión personal y silenciosa. La composición, con su enfoque en lo íntimo y lo efímero, transmite una sensación de fragilidad y vulnerabilidad. La ausencia de detalles narrativos específicos permite al espectador proyectar sus propias emociones e interpretaciones sobre la escena.