Wilhelm Kotarbiński – Egypt receives the light. Isaiah 19. 25
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A la derecha, se alza una monumental representación de una cabeza esculpida, presumiblemente la Esfinge, integrada en un bloque pétreo tosco y erosionado. El rostro, aunque imponente en su tamaño, denota una expresión de melancolía o incluso sufrimiento; las líneas marcadas alrededor de los ojos y la boca sugieren una profunda tristeza. La piedra que lo conforma parece surgir del terreno, integrándose con el paisaje desolado que se extiende hasta un horizonte difuso.
En el cielo superior, se aprecia una fina luna creciente, cuyo brillo apenas logra penetrar la atmósfera densa y opresiva que domina la escena. El uso predominante de tonos grises acentúa la sensación de misterio y solemnidad, mientras que la ausencia casi total de color contribuye a un ambiente onírico y simbólico.
La obra parece explorar temas relacionados con la redención o la iluminación espiritual de una civilización antigua. La llegada de las figuras angelicales podría interpretarse como un símbolo de esperanza o revelación divina, contrastando con la figura de la Esfinge, que representa el peso del pasado, la decadencia y quizás, la necesidad de trascendencia. El contraste entre la luz que emana de los ángeles y la sombra que envuelve a la Esfinge sugiere una lucha entre la oscuridad y la claridad, entre la tradición y la renovación. La luna creciente, como símbolo recurrente en el arte, podría aludir a un ciclo de transformación o a un nuevo comienzo. En definitiva, se trata de una representación alegórica donde lo terrenal y lo divino convergen para narrar una historia de cambio y esperanza.