Mauritshuis – Willem van Aelst - Flower Still Life with a Timepiece
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Aquí se observa una composición de bodegón que centra su atención en un despliegue exuberante de flores y elementos complementarios sobre una superficie horizontal. La disposición es vertical, acentuada por la oscuridad del fondo, lo cual intensifica el brillo y la viveza cromática de los objetos representados.
El conjunto floral domina la escena. Una profusión de especies se agrupa en un jarrón de cristal facetado, cuya transparencia permite vislumbrar el agua que contiene. Se distinguen rosas, claveles, amapolas, flores azules y otras variedades menos identificables, todas ellas ejecutadas con una meticulosidad que revela un profundo conocimiento botánico por parte del artista. La variedad cromática es notable: desde los rojos intensos de las amapolas hasta los tonos pastel de las rosas y la delicadeza de los azules.
En primer plano, sobre el mismo repisa de mármol donde se apoya el jarrón, encontramos un reloj de bolsillo atado con una cinta azul. Este objeto introduce una dimensión temporal en la composición, contrastando la fugacidad de la belleza floral con la medición precisa del tiempo. La presencia del reloj sugiere una reflexión sobre la transitoriedad de la vida y la inevitabilidad del paso del tiempo, temas recurrentes en el arte de la época.
La inclusión de insectos – mariposas y posiblemente abejas – añade un elemento naturalista a la escena. Estos pequeños seres, efímeros como las flores mismas, refuerzan la idea de la fragilidad y la brevedad de la existencia. El detalle minucioso con que se representan sus alas y cuerpos demuestra el virtuosismo técnico del artista.
La superficie sobre la que descansa el jarrón y el reloj no es uniforme; presenta una textura rica en detalles, con vetas de mármol que contribuyen a la sensación de profundidad y realismo. Una pequeña inscripción o firma se aprecia en la parte inferior izquierda, aunque su legibilidad es limitada.
En conjunto, esta pintura trasciende la mera representación de objetos inanimados. Se trata de una meditación sobre el tiempo, la belleza efímera, la naturaleza y la vanidad de las cosas terrenales – un memento mori sutilmente expresado a través de la combinación magistral de elementos naturales y artificiales. La luz, cuidadosamente distribuida, resalta los detalles y crea una atmósfera de quietud contemplativa que invita al espectador a reflexionar sobre el significado subyacente de la escena.