Mauritshuis – Caspar Netscher - Portrait of Maria Timmers (1658-1753)
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La iluminación es clave en la composición. Una luz suave y difusa ilumina su rostro y parte superior del torso, resaltando la textura de la piel y la delicadeza de sus facciones. El resto de la figura se sumerge en una penumbra que acentúa el contraste y dirige la atención hacia el rostro.
La vestimenta es rica y elaborada. Se aprecia un corpiño bordado con intrincados motivos florales, cubierto parcialmente por una capa o chalón rojo que cae sobre sus hombros y brazo. La presencia de perlas en su cuello sugiere un estatus social elevado. El detalle del tejido, la caída de las telas y el brillo de las joyas están representados con gran maestría, evidenciando el dominio técnico del artista.
El fondo es igualmente significativo. Se distingue una arquitectura clásica, posiblemente un jardín o terraza, con una escultura de búcaro que alude a la mitología grecorromana. La vegetación, aunque difusa, sugiere un entorno natural y opulento. La composición enmarcada por la oscuridad del fondo contribuye a aislar a la retratada, enfatizando su individualidad y presencia.
Más allá de la representación literal, el retrato parece sugerir una serie de subtextos. La pose relajada, pero digna, y la mirada directa sugieren confianza y seguridad en sí misma. La elección del entorno clásico y la escultura mitológica podrían aludir a un ideal de belleza y virtud asociado con la Antigüedad. El uso de materiales lujosos como las perlas refuerza la idea de una mujer perteneciente a una clase social privilegiada. En definitiva, el retrato no solo captura la apariencia física de la retratada, sino que también busca transmitir su carácter, estatus y posición en la sociedad de su tiempo. La sutilidad del gesto con la mano extendida invita a la interpretación; ¿ofrece algo? ¿Es una invitación a acercarse? Esta ambigüedad añade profundidad al retrato, invitando a una reflexión más allá de lo puramente superficial.