Mauritshuis – Adriaen van de Venne - Dancing Beggars
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La paleta cromática es limitada, dominada por tonos terrosos: ocres, marrones y grises, que acentúan la pobreza y el desamparo de los personajes representados. La luz, tenue y difusa, incide sobre las figuras desde un punto indeterminado, creando fuertes contrastes de claroscuro que modelan sus rostros y vestimentas desgastadas.
El autor ha dispuesto a los mendigos en una formación aparentemente espontánea, como si estuvieran moviéndose al ritmo de una música invisible. Algunos parecen danzar o balancearse con entusiasmo, mientras que otros muestran expresiones de cansancio, resignación o incluso alegría contenida. La diversidad de edades y apariencias es notable: desde ancianos encorvados hasta jóvenes harapientos, todos comparten la misma condición de vulnerabilidad y exclusión.
En el primer plano, una figura particularmente prominente se destaca por su atuendo más elaborado, aunque igualmente sucio y raído. Su rostro irradia una sonrisa ambigua que podría interpretarse como burla, desafío o simplemente como un mecanismo de defensa ante las adversidades. La presencia de instrumentos musicales rudimentarios –una flauta, quizás– sugiere una forma de entretenimiento o escape colectivo frente a la miseria.
Más allá de la representación literal de mendigos, la obra parece aludir a temas más profundos relacionados con la marginalidad social, la pobreza y la búsqueda de alegría en circunstancias adversas. La danza, como símbolo de vitalidad y celebración, contrasta fuertemente con el contexto de desolación que rodea a los personajes, generando una tensión dramática que invita a la reflexión sobre la condición humana. La composición, aunque aparentemente caótica, revela un orden subyacente: la comunidad, por precaria que sea, ofrece consuelo y solidaridad en medio del abandono. La imagen evoca una sensación de melancolía teñida de esperanza, sugiriendo que incluso en los lugares más oscuros puede florecer el espíritu humano.