National Gallery of Art – Pesellino - The Crucifixion with Saint Jerome and Saint Francis
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Aquí se observa una composición centrada en la crucifixión de Cristo, presentada con un marcado contraste entre el dramatismo del evento principal y la serenidad del paisaje que lo enmarca. La figura crucificada domina la escena, su cuerpo expuesto a la vista con una meticulosa atención al detalle anatómico, aunque estilizado según los cánones artísticos de la época. El rostro refleja una expresión de sufrimiento contenido, más que de agitación violenta.
A ambos lados del Cristo crucificado, se encuentran dos figuras arrodilladas en actitud de contemplación y devoción: un santo con túnica blanca y otro ataviado con hábitos marrones. Sus gestos sugieren una profunda compasión y una conexión espiritual con el sacrificio que presencian. La aureola que los rodea enfatiza su santidad y su papel como intercesores entre la divinidad y la humanidad.
El fondo, deliberadamente contrastante, presenta un paisaje urbano con edificios de arquitectura medieval, posiblemente representando una ciudad italiana. El cielo, sombrío y tormentoso, se ve interrumpido por un disco solar rojizo que añade una nota de presagio y dramatismo a la escena. Un pequeño emblema en el ángulo superior izquierdo introduce un elemento simbólico adicional, cuya interpretación precisa requiere mayor contextualización histórica.
En primer plano, sobre la tierra, reposan unos huesos humanos, un memento mori que recuerda la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte. Este detalle refuerza la temática central del sacrificio redentor y la promesa de salvación a través del sufrimiento.
La composición general sugiere una reflexión sobre la fe, el dolor, la redención y la relación entre lo terrenal y lo divino. La yuxtaposición de elementos realistas (el paisaje urbano, los detalles anatómicos) con símbolos religiosos (la crucifixión, las aureolas, los huesos) crea una atmósfera de profunda espiritualidad y contemplación. El artista parece buscar no solo representar un evento histórico, sino también evocar una experiencia emocional y religiosa en el espectador. La paleta de colores, dominada por tonos terrosos y ocres, contribuye a la sensación de solemnidad y recogimiento que impregna toda la obra.