Pablo Picasso Period of creation: 1919-1930 – 1921 Compotier et guitare
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Aquí se observa una composición fragmentada que desafía la perspectiva tradicional. El autor ha dispuesto elementos reconocibles –una guitarra y lo que parece ser un cuenco– pero los ha descompuesto en planos geométricos interconectados, reordenándolos de manera no realista. La guitarra, central en el encuadre, se presenta como una serie de facetas angulares, con su cuerpo fragmentado y sus cuerdas reducidas a líneas oblicuas que se cruzan. El cuenco, o compotier, se integra en la composición mediante un tratamiento similar: formas cúbicas yuxtapuestas que sugieren su volumen sin definirlo completamente.
La paleta de colores es contenida, dominada por tonos tierra –marrones y ocres– contrastados con áreas de azul celeste y blanco. El uso del color no busca imitar la realidad, sino más bien acentuar la sensación de desconstrucción y reconstrucción espacial. Se aprecia una marcada tendencia a la bidimensionalidad; la profundidad es sugerida mediante el solapamiento de planos, pero sin crear una ilusión convincente de espacio tridimensional.
El autor parece interesado en explorar la naturaleza de la percepción visual, cuestionando la capacidad del ojo para interpretar la realidad de manera única y objetiva. La fragmentación de los objetos implica una multiplicidad de puntos de vista simultáneos, como si el espectador estuviera observando el objeto desde diferentes ángulos a la vez.
Subyace en esta obra una reflexión sobre la memoria y la representación. Los elementos reconocibles se transforman en símbolos abstractos, evocadores más que descriptivos. La guitarra, instrumento asociado con la música y la emoción, adquiere un carácter ambiguo, despojada de su función original para convertirse en un mero objeto de estudio visual. El compotier, al igual que la guitarra, pierde su significado cotidiano para integrarse en una red de relaciones formales.
La composición, a pesar de su aparente caos, revela una estructura interna rigurosa. La disposición de los planos y las líneas crea una tensión dinámica que mantiene el interés del espectador. Se intuye un orden subyacente, una lógica interna que gobierna la fragmentación y la recomposición de los elementos. En definitiva, se trata de una obra que invita a la contemplación y a la reflexión sobre la naturaleza de la representación artística.