Konstantin Andreevich Somov – Portrait of A. K. Benois
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La modelo está ataviada con un elegante vestido de época, probablemente del siglo XIX, caracterizado por sus hombros descubiertos y adornado con detalles que sugieren un estatus social elevado. Un sombrero emplumado cubre parcialmente su cabello oscuro, mientras que un lazo blanco resalta delicadamente su cuello. Una banda roja, enrollada alrededor de su cintura, introduce un contraste cromático vibrante en la paleta general.
El rostro de la mujer es el punto focal principal. Su expresión es compleja: una mezcla sutil de melancolía y reserva, con una mirada que parece dirigirse hacia un punto indefinido más allá del espectador. La luz incide sobre su cara, modelando sus facciones y acentuando la delicadeza de sus rasgos.
El fondo se difumina intencionalmente, creando una atmósfera nebulosa que sitúa a la retratada en un espacio ambiguo. Se distinguen figuras humanas vestidas con ropas similares, sugiriendo una escena social o un evento al aire libre. En el plano más distante, se vislumbra una escultura de mármol, cuyo significado preciso permanece abierto a interpretación; podría simbolizar ideales clásicos, la belleza atemporal o incluso una referencia a la tradición artística.
La pincelada es suelta y expresiva, con trazos rápidos que capturan la textura de las telas y la luminosidad del ambiente. La paleta de colores se centra en tonos pastel – grises, blancos, ocres y rosas – con el rojo como acento contrastante. Esta elección cromática contribuye a crear una atmósfera etérea y nostálgica.
Más allá de la representación literal de un retrato, esta obra parece explorar temas relacionados con la identidad femenina, la memoria y la transitoriedad del tiempo. La expresión ambigua de la modelo invita a la reflexión sobre su estado interior y el contexto social en el que se desenvuelve. El fondo difuso y las figuras secundarias sugieren una sensación de aislamiento o distanciamiento, mientras que la escultura alude a un legado cultural más amplio. En definitiva, la pintura evoca una atmósfera de elegancia melancólica y contemplación introspectiva.