Konstantin Andreevich Somov – Summer
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El primer plano presenta a un grupo de figuras humanas dispersas sobre una ladera cubierta de hierba. Una mujer recostada, aparentemente absorta en sus pensamientos, comparte el espacio con otros personajes que parecen entregados al descanso o la reflexión. A su lado, un niño desnudo se adentra en las aguas poco profundas, sugiriendo una conexión instintiva y despreocupada con el entorno natural.
En segundo plano, sobre un cuerpo de agua, una barca alberga a una familia: una mujer, presumiblemente la madre, acompañada por un bebé y un hombre que rema. La disposición de los personajes en la embarcación transmite una sensación de intimidad y aislamiento del mundo exterior. El hombre, con su postura concentrada, parece dirigir la mirada hacia el horizonte, como buscando algo más allá de lo inmediato.
El cielo ocupa una parte considerable de la composición, dominado por nubes densas que presagian un cambio climático inminente. Sin embargo, esta amenaza se atenúa con la aparición de un arcoíris, elemento simbólico que introduce una nota de esperanza y promesa tras la tormenta. El arcoíris no es un elemento brillante y vibrante; su presencia es sutil, casi apagada, lo que sugiere una esperanza tenue y cautelosa.
La paleta cromática se caracteriza por tonos terrosos y verdes predominantes, con toques de amarillo ocre en el follaje otoñal que contrasta con la frescura del agua. La pincelada es suelta y expresiva, contribuyendo a crear una atmósfera de ensueño y nostalgia.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas como la fugacidad del tiempo, la contemplación de la naturaleza, la fragilidad de la existencia humana y la búsqueda de consuelo en los momentos de incertidumbre. La yuxtaposición entre la serenidad del paisaje y la amenaza latente de la tormenta sugiere una reflexión sobre la dualidad inherente a la vida: la alegría y el dolor, la esperanza y la desesperación. El arcoíris, aunque presente, no es un símbolo triunfal, sino más bien una promesa delicada que invita a la perseverancia y a la aceptación del ciclo natural de los acontecimientos. La escena evoca una sensación de quietud melancólica, como si el tiempo se hubiera detenido en un instante efímero de belleza agridulce.