Apollinaris M. Vasnetsov – Taiga in the Urals. Blue Mountain. 1891
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En el fondo, se alza una montaña de perfil suave y coloración azulada, cuya tonalidad contribuye a crear una sensación de profundidad y lejanía. La atmósfera es densa, con una neblina que difumina los contornos del paisaje y acentúa la impresión de inmensidad. La luz, aunque tenue, parece provenir de un punto alto, iluminando selectivamente algunas áreas del bosque y creando contrastes sutiles en las copas de los árboles.
El uso del color es notablemente restringido a una paleta terrosa: ocres, marrones, verdes oscuros y azules apagados. Esta limitación cromática refuerza la sensación de frialdad y austeridad inherente al paisaje representado. La pincelada es visible, con trazos sueltos que sugieren movimiento en las ramas y el follaje.
Más allá de una simple descripción del entorno natural, esta pintura parece sugerir una reflexión sobre la vastedad y la soledad de la naturaleza salvaje. La ausencia de figuras humanas o elementos artificiales acentúa la sensación de aislamiento y la inmensidad del paisaje. El autor no solo ha plasmado un lugar físico, sino que también ha evocado una atmósfera de melancolía y contemplación, invitando al espectador a sumergirse en la quietud y la grandeza de este territorio remoto. La montaña azulada, imponente pero distante, podría interpretarse como símbolo de lo inalcanzable o de un ideal trascendente. En definitiva, el trabajo transmite una profunda conexión con la naturaleza y una evocación del espíritu indómito de los lugares silvestres.