Château de Versailles – Jean-Baptiste Martin the elder -- View of the Chateau-Neuf at Saint-Germain-en-Laye, near the terraces
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Delante del edificio se extiende una terraza formal, meticulosamente diseñada con patrones geométricos que reflejan el control humano sobre la naturaleza. Esta disposición ordenada contrasta con la vegetación más salvaje que enmarca la escena a izquierda y derecha, creando un juego de tensiones entre lo natural y lo artificial. La presencia de árboles, aunque estilizados, introduce una nota de vitalidad orgánica dentro del esquema general.
El agua, representada como un cuerpo líquido extenso y ligeramente ondulado, actúa como espejo, reflejando tanto el edificio como la atmósfera celeste. Esta duplicación visual contribuye a la sensación de amplitud y profundidad en la composición. Se distinguen embarcaciones sobre el agua, indicando actividad y movimiento, aunque su escala es relativamente pequeña comparada con la arquitectura principal.
En primer plano, un grupo de figuras ecuestres se desplaza por el terreno. Su vestimenta sugiere una clase social acomodada, posiblemente nobles o miembros de la corte. La escena evoca una atmósfera de ocio y recreación al aire libre, donde la nobleza disfruta del paisaje y de los placeres de la vida cortesana. Los perros que acompañan a los jinetes refuerzan esta idea de un entorno controlado y gestionado para el disfrute humano.
La luz, difusa y uniforme, contribuye a una atmósfera serena y contemplativa. El cielo, con sus nubes dispersas, añade una dimensión atmosférica a la escena, suavizando las líneas duras de la arquitectura y creando una sensación de profundidad.
Subtextualmente, la obra parece aludir a los ideales del absolutismo monárquico: el poderío arquitectónico como símbolo de autoridad, el control sobre la naturaleza como manifestación de dominio, y el ocio aristocrático como privilegio inherente a la clase dirigente. La composición transmite una sensación de orden, estabilidad y prosperidad, características propias de un régimen consolidado. El paisaje se convierte así en un escenario para la exhibición del poder y la ostentación social.