John William Waterhouse – After the Dance
Ubicación: Private Collection
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En primer término, una joven recae sobre una figura dormida, ambas vestidas con túnicas de colores cálidos –un ocre intenso para la durmiente y un blanco impoluto para la que vela–. La postura de la mujer sentada transmite una mezcla de cansancio, resignación e incluso ligera melancolía. Su mirada se dirige hacia abajo, evitando el contacto visual directo con el espectador, sugiriendo una introspección profunda o quizás una vergüenza contenida. La figura dormida, extendida sobre un lecho improvisado de almohadas y mantas, exhibe una vulnerabilidad palpable; su rostro es pálido y sereno, ajeno a la preocupación que parece afligir a su compañera.
En el fondo del espacio, tres figuras masculinas se encuentran reunidas alrededor de una mesa baja. Uno toca un instrumento musical –posiblemente una flauta o un aulós– mientras los otros dos observan con aparente indiferencia. Esta escena en segundo plano introduce una nota de distanciamiento y desapego; la música parece ser una banda sonora para el drama que se desarrolla en primer término, pero no participa directamente en él.
La decoración mural, con sus relieves figurativos, refuerza la ambientación clásica, aunque su iconografía específica permanece ambigua. El suelo, cubierto de un intrincado patrón geométrico, aporta ritmo visual a la composición y contribuye a la sensación de opulencia decadente del lugar.
Subtextualmente, la pintura parece explorar temas como el agotamiento físico y emocional tras una celebración, la fragilidad humana, la pérdida de la inocencia o incluso una crítica implícita a los excesos de la vida social. La relación entre las dos mujeres es compleja; no está explícitamente definida, pero sugiere una dependencia mutua, un vínculo íntimo marcado por la preocupación y el cuidado. La presencia masculina en segundo plano podría interpretarse como una representación de la autoridad patriarcal o simplemente como un elemento que acentúa la soledad y el aislamiento de las protagonistas. La luz tenue y los colores apagados contribuyen a crear una atmósfera de melancolía y decadencia, invitando al espectador a reflexionar sobre la naturaleza efímera del placer y la inevitabilidad del sufrimiento.