William Rickarby Miller – Carls Mill, Tarrytown, New York
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El autor ha dispuesto el molino como un elemento integrado en el entorno natural, no como una intrusión artificial. La estructura de madera se mimetiza con los tonos terrosos de las rocas y la vegetación circundante. La exuberancia del follaje es notable; árboles de diferentes especies se apiñan a lo largo de la orilla del río, creando un marco natural que enmarca la escena. Se aprecia una meticulosa atención al detalle en la representación de las hojas y las texturas de los troncos.
En el fondo, montañas difusas se vislumbran bajo un cielo crepuscular, sugiriendo profundidad y vastedad. La luz, aunque suave, ilumina selectivamente ciertos elementos, acentuando la humedad del agua y el brillo de las piedras. La atmósfera general es de tranquilidad y armonía, evocando una sensación de paz rural.
Subtextualmente, la obra parece celebrar la relación simbiótica entre la industria humana (representada por el molino) y la naturaleza salvaje. No se trata de una conquista del entorno, sino de una coexistencia pacífica. El molino, aunque funcional, no domina el paisaje; más bien, se integra en él como un elemento natural más. La escena podría interpretarse como una idealización de la vida rural americana, un anhelo por un pasado idílico y conectado con la tierra. La ausencia de figuras humanas refuerza esta sensación de quietud y contemplación, invitando al espectador a sumergirse en la belleza del entorno natural. Se intuye una reflexión sobre el progreso y su impacto en el paisaje, aunque sin emitir un juicio definitivo; simplemente se presenta una imagen de equilibrio y coexistencia.