Icon of the Mother of God Burning Bush
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La escena está inscrita dentro de una estructura geométrica pentagonal, cuyo vértice inferior se abre hacia abajo, sugiriendo una conexión entre lo divino y lo terrenal. Este pentágono está delimitado por una intensa aureola roja que emana un fuego aparentemente inagotable. El color rojo, omnipresente, evoca la pasión divina, el sacrificio y la purificación.
En los ángulos del pentágono se ubican figuras de clérigos, ataviados con vestimentas litúrgicas rojas, que parecen contemplar la escena central con reverencia. Estos personajes actúan como intercesores entre el mundo divino y el humano, testimoniando la trascendencia del evento representado.
La parte inferior de la composición se ve oscurecida por una densa negrura, que podría interpretarse como un símbolo del abismo primordial o de las fuerzas del mal que intentan perturbar la armonía divina. Esta oscuridad contrasta fuertemente con la luminosidad que emana de la figura central y de los personajes que la rodean.
El autor ha empleado una técnica pictórica marcada por el uso de líneas definidas y colores planos, característicos del arte bizantino. La ausencia de perspectiva naturalista acentúa la naturaleza simbólica de la obra, enfocando la atención en el significado espiritual más allá de la representación realista.
Subyace a esta imagen una profunda reflexión sobre la teofanía, la manifestación divina. La figura femenina se presenta como un conducto entre Dios y la humanidad, un lugar sagrado donde lo divino se hace presente en el mundo terrenal. El fuego que la rodea no es destructivo, sino purificador, transformador; simboliza la gracia divina que ilumina y redime al hombre. La composición sugiere una experiencia mística de comunión con lo trascendente, un momento de revelación que trasciende los límites del tiempo y el espacio. La disposición de las figuras y la estructura geométrica refuerzan la idea de orden divino, de un cosmos armonioso donde cada elemento tiene su lugar y propósito dentro de un plan superior.