El "Festín" de Platón, resumen
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El Simposio es una de las obras más famosas del filósofo griego Platón, escrita en forma de diálogo entre el 385 y el 380 a. C. El texto consiste en una serie de discursos pronunciados en un banquete amistoso en Atenas, donde cada participante alaba a Eros, la deidad del amor. La singularidad de esta obra reside en que no solo describe conceptos filosóficos, sino que también los ilustra a través de personajes vivos, culminando con un discurso de Alcibíades, quien traslada la conversación del amor abstracto a la persona de Sócrates.
Apolodoro y el Outro
La narración comienza con una conversación entre Apolodoro y un conocido (presumiblemente Glaucón). Este le pide que le cuente sobre el famoso banquete en casa del poeta trágico Agatón, al que asistieron Sócrates, Alcibíades y otros atenienses prominentes. Apolodoro explica que él mismo no estuvo presente en esa reunión, ya que tuvo lugar muchos años atrás, cuando aún eran niños.
Los acontecimientos transcurren en torno a la época en que Agatón obtuvo su primera victoria en el concurso trágico. Apolodoro relata la historia de Aristódemo de Cidatena, un hombre que estaba presente en el banquete y que tenía fama de ser uno de los más devotos admiradores de Sócrates. El propio Sócrates confirmó posteriormente la creencia de que la gente acude a los dignos sin invitación. En casa de Agatón, Sócrates se queda rezagado, absorto en sus pensamientos, y se queda paralizado en la entrada de la casa vecina. Aristodemo entra solo y duda, pero el anfitrión le da una cálida bienvenida. Sócrates aparece solo a mitad de la comida.
La propuesta de Erixímaco
Al terminar la cena y ofrecerse libaciones a los dioses, los invitados decidieron no beber, pues muchos sufrían la resaca de las celebraciones de la victoria del día anterior. Pausanias sugirió moderación, y Eros hizo lo mismo.
Se decidió que cada presente alabaría a Eros por turnos. Sócrates comentó que, aunque afirmaba no entender nada más que el amor, apoyaría con gusto esta idea.
El discurso de Fedro: Antigüedad y valor
Fedro habló primero. Ensalzó a Eros como el dios más antiguo, sin padres, afirmación respaldada por los testimonios de Hesíodo y Parménides. El mayor regalo de Eros a la humanidad es la vergüenza ante lo vergonzoso y el deseo de belleza. Fedro afirmó que un ejército de amantes y sus amados sería invencible, ya que nadie se atrevería a mostrar cobardía frente a su amada.
El orador, que conocía la profecía sobre su muerte, prefirió la muerte a la venganza de Patroclo, por lo que fue enviado a las Islas de los Bienaventurados.
El discurso de Pausanias: Los dos Eros
Pausanias corrigió el tema, declarando que existen dos Eros, al igual que la diosa Afrodita. Existe la Afrodita Celestial (hija de Urano) y la Afrodita Vulgar (hija de Zeus y Dione). En consecuencia, existe el Eros Celestial y el Eros Vulgar.
El eros vulgar de quienes ya han desarrollado la razón. Este sentimiento es fuerte y noble.
Pausanias examinó en detalle las costumbres de varios estados. En Élide y Beocia, ceder ante los pretendientes se consideraba normal, mientras que en Jonia y entre los bárbaros se consideraba vergonzoso, ya que la tiranía no toleraba las alianzas sólidas entre las personas. En Atenas, las reglas eran más complejas: se fomentaba el cortejo abierto, pero se desaprobaba la accesibilidad fácil. La «servidumbre en aras de la perfección» se consideraba honorable cuando un joven cedía ante un pretendiente para adquirir sabiduría y virtud.
El discurso de Erixímaco: Armonía cósmica
El médico Erixímaco, quien habló en nombre del hipo Aristófanes, expandió el concepto de Eros a escala universal. Afirmó que Eros reside no solo en el alma humana, sino en toda la naturaleza. La medicina, dijo, es el arte de guiar los principios amorosos del cuerpo, creando armonía entre los opuestos: caliente y frío, amargo y dulce.
El mismo principio opera en la música, donde la armonía surge del ajuste de las notas agudas y graves, así como en la astronomía y la agricultura. Un Eros moderado trae salud y abundancia, mientras que uno desenfrenado causa enfermedades y cataclismos. Incluso la adivinación sirve para preservar el verdadero amor entre dioses y humanos.
El discurso de Aristófanes: La búsqueda de la integridad
El comediante Aristófanes relató un mito según el cual los humanos originalmente tenían una naturaleza diferente. Existían tres sexos: masculino (del Sol), femenino (de la Tierra) y andrógino (de la Luna), que combinaban características de ambos. Estas personas eran esféricas, tenían cuatro brazos y piernas, y dos caras. Eran tan fuertes y audaces que desafiaron el poder de los dioses.
Zeus, reacio a exterminar por completo a la raza humana y perder sus sacrificios, decidió debilitarlos cortándolos por la mitad. Apolo suturó la herida (el ombligo) y alisó el cuerpo. Desde entonces, cada mitad busca desesperadamente su parte perdida. Quienes formaron parte de un andrógino buscan al sexo opuesto. Las mujeres que formaron parte de un solo ser femenino son propensas al amor lésbico. Los hombres que descienden de un solo ser masculino buscan hombres.
Aristófanes definió el amor como una sed de plenitud y un deseo de volver al estado original. La felicidad solo es posible cuando una persona encuentra a su alma gemela y sana su naturaleza fracturada.
El discurso de Agatón: La perfección de Dios
El dueño de la casa, Agatón, criticó a los oradores anteriores por elogiar los dones de Eros en lugar de a sí mismo. Describió a Eros como el más feliz, hermoso y eternamente joven de los dioses. Eros es gentil, pues habita en las almas sensibles, y flexible, penetrando por todas partes sin ser notado.
Este dios es justo, pues no reconoce la violencia; prudente, pues gobierna las pasiones; y valiente, pues incluso Ares se somete a él. Agatón atribuyó todas las virtudes posibles a Eros y lo llamó un poeta maestro que crea a todo aquel que toca. Su discurso fue tan hermoso y retóricamente preciso que provocó una atronadora ovación.
El discurso de Sócrates: La dialéctica del amor
Sócrates comenzó con la ironía de que no podía pronunciar discursos bellos, pero estaba dispuesto a decir la verdad. Tras hacerle algunas preguntas a Agatón, lo obligó a admitir: el amor es el deseo de lo que no se posee. Si Eros es el amor a la belleza, entonces él mismo está privado de belleza y necesita de ella. Y como el bien es bello, también está privado del bien.
Sócrates relató entonces su antigua conversación con la sabia Diotima de Mantinea. Ella le explicó que Eros no es ni un dios ni un mortal, sino un gran genio (daimon), un mediador entre los humanos y los dioses.
Según el mito de Diotima, Eros fue concebido el día del cumpleaños de Afrodita por los dioses Poros (Riqueza) y Penia (Pobreza). Por lo tanto, combina los rasgos de ambos progenitores: es pobre, rudo y sin hogar como su madre, pero atraído por la belleza, valiente e inventivo como su padre. Es un filósofo, en constante búsqueda de la sabiduría, que oscila entre el conocimiento y la ignorancia.
La meta del amor, según Diotima, es la posesión eterna del bien. Las personas se esfuerzan por nacer en la belleza para alcanzar la inmortalidad. Quienes están físicamente embarazadas buscan mujeres para procrear. Quienes están espiritualmente embarazadas son portadores de razón y virtud.
Diotima describió el camino de ascenso hacia un conocimiento superior (la "escalera del amor"):
- Amor por un cuerpo hermoso.
- Entendiendo que la belleza de todos los cuerpos es una.
- Preferencia por la belleza del alma sobre la belleza física.
- Amor por la bella moral y las leyes.
- Amor por la ciencia.
- Contemplación de lo Más Bello: la idea eterna e inmutable de la Belleza, que no depende de la carne humana ni de la mortalidad.
La invasión de Alcibíades
Cuando Sócrates terminó, una multitud de juerguistas irrumpió en la casa, encabezada por el borracho Alcibíades. Lo acompañaba un flautista. La cabeza de Alcibíades estaba adornada con coronas y cintas. Había venido a coronar a Agatón por su victoria, pero al ver a Sócrates, se sorprendió y se inquietó.
Alcibíades tomó las cintas de la cabeza de Agatón y coronó a Sócrates con ellas, declarándolo victorioso en su discurso. Erixímaco invitó al recién llegado a alabar también a Eros, pero Alcibíades se negó, declarando que nadie más podía ser alabado en presencia de Sócrates, para no ponerse violento. En cambio, decidió pronunciar el panegírico él mismo.
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