Hierón de Jenofonte, resumen
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La obra es un diálogo ficticio escrito por el historiador y filósofo griego Jenofonte, probablemente después del 365 a. C. (la acción del diálogo se fecha en el 474 a. C. ). Es una de las primeras obras en la historia del pensamiento político dedicada a analizar la tiranía no como un mal absoluto, sino como un problema de gobierno, explorando la diferencia entre la vida de un individuo y la de un autócrata.
Debate sobre la felicidad
El poeta Simónides llega a la corte del tirano siracusano Hierón y pide aclaraciones sobre las diferencias entre la vida de un gobernante y la de una persona común, creyendo que un monarca, tras haber experimentado ambas, conoce mejor la respuesta. Simónides expresa la opinión generalmente aceptada: un tirano es más feliz porque tiene más oportunidades de experimentar placer a través de la vista, el oído, el gusto y otros sentidos, y experimenta menos sufrimiento.
Hierón refuta rotundamente esta idea. Argumenta que la tiranía ofrece muchas menos alegrías y trae consigo mucha más miseria que la vida de un particular. Un gobernante está limitado en cuanto a experiencias visuales: no puede viajar por el mundo con seguridad ni asistir a festividades nacionales por temor a su vida y poder. Lo que es accesible para todos los ciudadanos le está vedado, y los escasos espectáculos que se llevan al palacio son injustificadamente caros.
El oído del gobernante tampoco conoce el placer. El sonido más dulce — el elogio sincero — le resulta inaccesible, pues quienes lo rodean lo adulan por miedo. El sonido más desagradable — la maldición — no le llega, pero esto solo significa que sus súbditos guardan rencor en silencio.
Placeres gastronómicos y carnales
Los interlocutores discuten sobre los placeres de la comida. Simónides cree que la mesa del monarca es más rica y deliciosa. Hierón contraataca: el alma disfruta de la comida solo cuando hay deseo, y la abundancia constante adormece el paladar. Una persona común, que rara vez se entrega a los manjares, los disfruta más que un gobernante saciado de los platos exquisitos. El tirano se ve obligado a recurrir a condimentos picantes y agrios para abrir el apetito, arruinado por el lujo.
En materia amorosa, la situación del déspota es aún más desesperada. Casarse con una mujer de noble cuna es imposible (ya que nadie es más noble que él), casarse con un extranjero carece de intimidad, y la unión con una mujer de inferior estatus no aporta prestigio. En cuanto a los placeres del amor, al tirano le falta lo más importante: la certeza de la reciprocidad. La verdadera pasión no prospera donde hay coerción. Hierón admite amar al apuesto Dailokh, pero desea ganarse su favor voluntariamente, no por la fuerza. Tomar lo que desea por la fuerza le resulta tan aborrecible como el robo. Sin embargo, un tirano nunca puede confiar en las manifestaciones de amor, pues el miedo obliga a las personas a fingir afecto con más habilidad que el sentimiento genuino. Las conspiraciones suelen provenir de quienes fingen ser los más amorosos.
Soledad y miedo
Simónides intenta desviar la conversación hacia otros beneficios del poder: la riqueza, los mejores caballos, las armas y la capacidad de ayudar a los amigos o dañar a los enemigos. Hierón replica que la multitud juzga por las apariencias, sin ver la angustia mental oculta del gobernante.
La mayor aflicción de un tirano es la ausencia de paz. Los ciudadanos pueden viajar sin temor, pero el gobernante siempre está en territorio enemigo y se ve obligado a portar armas. Incluso su propio palacio no es una fortaleza, sino un lugar que requiere mayor seguridad. La guerra finalmente termina en paz para el estado, pero la guerra del tirano contra su propio pueblo es eterna.
Ni siquiera la victoria sobre enemigos externos trae alegría. Mientras que los ciudadanos se enorgullecen de la victoria de su ciudad y se atribuyen el mérito, un tirano, tras sofocar una rebelión o eliminar a sus rivales, no puede enorgullecerse, pues solo disminuye el número de sus súbditos. Se ve obligado a contratar guardias, temiendo a sus propios ciudadanos más que a los extranjeros.
Crisis de confianza
Hierón argumenta que un tirano carece de las mayores bendiciones: amistad y confianza. La gente común disfruta de la compañía de sus seres queridos, pero un gobernante teme la comida y la bebida, y ordena a sus sirvientes que las prueben primero. El asesinato es común en las familias de los tiranos: los hijos matan a sus padres, las esposas a sus maridos.
Los ciudadanos se protegen mutuamente con altruismo, mientras que el tirano se ve obligado a pagar mercenarios. Además, el asesinato de un tirano en las ciudades a menudo no solo queda impune, sino que también es venerado: se erigen monumentos a los asesinos en las iglesias.
Hierón envidia a los particulares incluso en su riqueza. Una persona común puede recortar gastos, pero un tirano no puede recortar su ejército y seguridad, pues hacerlo significaría su propia caída. Se ve obligado a saquear templos y a la gente para apoyar a su ejército.
Lo más terrible, según Hierón, es que un tirano teme a la gente digna: a los valientes por su coraje, a los sabios por su inteligencia, a los justos por su influencia sobre el pueblo. Se ve obligado a depender de sinvergüenzas y serviles. Ni siquiera puede disfrutar de la prosperidad de su ciudad, ya que los pobres son más fáciles de gobernar.
La vida se convierte en una pesadilla viviente: miedo a las multitudes, miedo a la soledad, miedo a la ausencia de guardias y miedo a los propios guardias. Hieron admite que a veces quiere suicidarse, pero incluso eso es imposible. La tiranía es una desgracia que no se puede abandonar sin más, ya que es imposible devolver todo el botín o resucitar a los muertos. Ahorcarse parece ser su única salida.
El consejo de Simónides: El camino hacia el amor al pueblo
Tras escuchar las quejas de Hierón, Simónides discrepa de la desesperanza de su situación. Argumenta que el poder es una herramienta para ganarse el amor genuino, en mayor medida que el que un individuo puede lograr. Cualquier cortesía, regalo o atención de un gobernante se recibe con mucha mayor gratitud y admiración que las mismas acciones de un igual. El poder mismo dota a la persona de un aura particular, haciendo que sus defectos sean menos visibles y sus virtudes más llamativas.
Simónides ofrece un programa de acción concreto para transformar la odiada tiranía en un gobierno respetable:
- Separación de funciones. Las tareas desagradables (castigos, coerción) deben delegarse en otros, mientras que las recompensas e incentivos deben reservarse para uno mismo. El poeta cita el ejemplo de los concursos corales, donde el arconte reparte premios, mientras que otros realizan trabajos rutinarios y coerción.
- Competencia e incentivos. Es necesario introducir un sistema de incentivos en todas las esferas de la vida: agricultura, comercio y asuntos militares. Al recompensar a quienes mejor cultivan la tierra o idean nuevas formas incruentas de reponer el tesoro, el estado se enriquecerá y los ciudadanos se volverán más leales y menos propensos al vicio.
- El papel de los mercenarios. La guardia personal debería transformarse en una fuerza policial pública. Si los mercenarios protegen no solo el palacio, sino también las propiedades de todos los ciudadanos de ladrones y bandidos, y además asisten a campesinos y pastores en tiempos de peligro, la gente empezará a verlos como protectores y estará dispuesta a pagar por su manutención.
- Gastando por el bien común. Simónides convence a Hierón de que el dinero gastado en el embellecimiento de la ciudad (murallas, templos, astilleros) le traerá más gloria que el lujo personal. Un tirano no debería competir con particulares en la construcción de carros para los Juegos Olímpicos; su victoria solo despertará envidia, y su derrota, burla. Su verdadera competencia debería ser con los gobernantes de otros estados. El objetivo de esta competencia es hacer de su propia ciudad la más feliz.
Simónides describe un gobierno ideal: si Hierón sigue este consejo, se ganará un respeto sincero, no lisonjero. Los ciudadanos lo obedecerán voluntariamente y lo defenderán. Será recibido como un benefactor, no como un enemigo. El poeta insta a la gente a considerar su patria, a los ciudadanos como camaradas, a los amigos como hijos y a los hijos como sus almas.
El diálogo concluye con la afirmación de que derrotar a los enemigos por la fuerza de las armas no es comparable a derrotar a los amigos mediante la benevolencia. Si un gobernante logra esto, alcanzará la felicidad más preciada y envidiable del mundo.
"Serás feliz y nadie te envidiará."
- ’Pericles’ de William Shakespeare
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